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CAC02

 

BORRADOR DE ÍNDICE

 

16 de noviembre de 2002 - 12:30 GMT

 

PRIMERA PARTE: Antes de partir

(Pendiente de incluir)

 

1.                 ERASE UNA VEZ UN GRUPO DE GENTE MUY OCUPADA

2.                 LA IDEA

3.                 LA TRIPULACIÓN

4.                 PREPARANDO LA TRAVESÍA

5.                 NERVIOS, AGOBIO Y UNA ANOTICIA TRISTE EN EL ÚLTIMO MOMENTO

 

SEGUNDA PARTE: Cuaderno de Bitácora

 

1.                 CARTAS A ALFONSO

(Autor: Luis Briones)

 

(1)   1 de noviembre de 2002 (03:00 GMT)

(2)   1 de noviembre de 2002 (12:00 GMT)

(3)   3 de noviembre de 2002 (16:00 GMT)

(4)   4 de noviembre de 2002 (guardia)

(5)   7 de noviembre de 2002 (guardia) (Pendiente de incluir)

(6)   9 de noviembre de 2002 (Pendiente de incluir)

(7)   10 de noviembre de 2002   (guardia) (Pendiente de incluir)

(8)   12 de noviembre de 2002 (guardia) (Pendiente de incluir)

(9)   13 de noviembre de 2002 (18:00 GTM) (Pendiente de incluir)

(10)  16 de noviembre de 2002 (18:00 GTM) (Pendiente de incluir)

(11)  17 de noviembre de 2002 (madrugada) (Pendiente de incluir)

(12)  19 de noviembre de 2002 (guardia) (Pendiente de incluir)

(13)  21 de noviembre de 2002 (guardia) (Pendiente de incluir)

(14)  22 de noviembre de 2002 (24:00 GTM) (Pendiente de incluir)

(15)  22 de noviembre de 2002 (16:00 GTM – Sta. Lucía) (Pendiente de incluir)

 

2.                 COROLARIOS ASONANTES (Pendientes de incluir)

 

2.1 El Capitán

(Autor: Chevis Angoso)

 

2.2 El que todo lo soluciona

(Autor: Miguel Rojo)

 

2.3 El organizador

(Autor: Mario Kogan)

 

2.4 El ausente

(Autor: Alfonso Callejo)

 

PARTE TERCERA: Avisos a los navegantes (Pendientes de incluir)

 

1.                 EL BARCO

(Autor: Chevis Angoso)

 

2.                 AVERÍAS, REPARACIONES Y APOYOS

(Autor: Miguel Rojo)

 

3.                 NAVEGACIÓN, METEOROLOGÍA Y COMUNICACIÓN

(Autor: Chevis Angoso)

 

4.                 LA SALUD

(Autores: Mario Kogan y ¿Luis Briones?)

 

5.                 ALIMENTACIÓN Y COCINA

(Autores: Mario Kogan y ¿Luis Briones?)

 

6.                 VIDA A BORDO Y RELACIONES PERSONALES

(Autores: Mario Kogan y Luis Briones)

 

7.                 PESCA

(Autor: Luis Briones)

 

8.                 WEB

(Autores: Mario Kogan y ¿Luis Briones?)

 

9.                 EL ENTORNO LABORAL

(Autor: Luis Briones con la colaboración de todos)

 

10.             EL ENTORNO FAMILIAR

(Autor: Luis Briones y encuestas a las familias)

 

11.             POR QUÉ TUVIMOS ÉXITO

(Autor: Luis Briones)


 

 

16 de noviembre de 2002  -  12:30 GTM

 

Una ola más alta que las anteriores se acerca rápidamente al velero por la popa. La superficie del mar se eleva, tensándose como si un enorme animal se deslizase debajo de ella acercándose velozmente al velero. Las pequeñas motas de espuma que forman el timón y los costados del barco al cortar el agua ascienden veloces por el lomo azul de la ola. En su parte superior la piel del mar se tensa y su superficie bruñida y brillante comienza a romperse, formando crestas de espuma que se recortan contra el cielo, amenazando con dejar caer su peso contra el espejo de popa e inundar la bañera del barco.

 

Cuando la ola llega a dos o tres metros de distancia, Miguel, que está recostado sobre el freebag (un comodísimo almohadón que puede ajustarse para adoptar formas increíbles) en el costado de babor, la ve elevarse amenazadoramente sobre el horizonte, ocultando la superficie del Océano, más de un metro por encima de su cabeza. Pero ni él, ni Luis, que está sentado en el extremo del banco de estribor y ha dejado por un momento de escribir para contemplar el mar, parecen preocupados ante la eventualidad de que la ola llegue a romper dentro del barco.

 

Al acercarse aún más, la popa de Le Refren II comienza a elevarse, como si la ola fuera un enorme monstruo marino que se estuviera escondiendo debajo del barco y, al hacerlo, levantase el casco con su lomo. Por un momento la popa del velero parece flotar libremente en el aire. Repentinamente ha cambiado el escenario, el horizonte ha vuelto a alejarse varias millas. La vista se extiende a una distancia casi infinita y pueden verse con claridad las líneas ondulantes de las olas desplazándose a bastante velocidad hacia el Oeste. Aunque muchas de sus crestas están engalanadas con rompientes de espuma blanca, la escena no es amenazante sino que, por el contrario, el movimiento ininterrumpido tiene un ligero efecto hipnótico y relajante del que es difícil desentenderse.

 

Pero esta situación dura sólo un instante, en cuanto la ola ha avanzado unos metros debajo del casco, rompe repentinamente. Por ambos costados el agua forma una barra de espuma que parece tirar del barco, como si lo atravesase de parte a parte o como si una mano gigantesca hubiera agarrado la orza haciendo aumentar su velocidad un par de nudos. Al mismo tiempo el barco parece quedarse sin gobierno y comienza a orzar ligeramente. Airán, el piloto automático, permite que el barco orce ligeramente y comienza a corregir la marcha con el timón, volviendo a colocar el velero a rumbo. La ola, ya sin fuerza, sigue avanzando por el casco levantando ahora la proa. Desde la bañera parece como si el barco se hubiera parado o incluso anduviese hacia atrás, deslizándose pendiente abajo. Es una ilusión óptica. A pesar del cambio de pendiente, el mar sigue reptando por debajo del casco y en unos momentos, cuando llegue la próxima ola, repetirá los mismos movimientos, obligando al velero a dar idénticos pasos de danza.

 

En ese momento la tripulación está tranquila y descansando. Unos minutos antes el escenario era completamente distinto. Acabado y recogido el desayuno, Chevis estaba bajo cubierta, de pie frente a la mesa de cartas, volcando en la carta náutica la posición y comprobando el rumbo y la velocidad. Mario y a Miguel estaban balanceándose junto al palo mayor, revisando los remaches de sujeción de la botavara que desgraciadamente en este barco tienen tendencia a romperse porque aquélla tiene cierta holgura en su encaje con el palo. Y, por último, Luis estaba revisando las líneas de pesca para asegurar que no se hubieran enredado y fijando la resistencia del carrete de forma que no se desenrollase el sedal con la marcha del barco pero permitiera la salida de más línea en el caso de haber cobrado una pieza.

 

Ahora todo está en calma, Chevis está reclinado sobre el tambucho en el banco de estribor de la bañera dibujando una acuarela sobre su cuaderno de notas. Mario ha bajado al salón y allí está cortando cebollas y zanahorias para la ensalada, con el teléfono Iridium excepcionalmente abierto durante una hora por si su madre, enferma en Buenos Aires, decidiera llamar. Miguel escucha música recostado en el banco de estribor mientras contempla el movimiento de las olas y Luis toma notas para redactar el cuaderno de bitácora.

 

Ajeno a ellos, el barco surca el Océano Atlántico cada minuto más lejos España y más cerca de su destino. Repentinamente, una ola entra ligeramente atravesada por la aleta de babor, haciendo orzar al barco bruscamente. Al recuperarse el velero, la génova pierde el viento aparente y comienza a gualdrapear con violencia, hasta que el piloto recupera el rumbo y la génova se hincha nuevamente.

 

Atraído por el golpeteo de la génova, Mario se acerca al tambucho:

 

¾¿Pasa algo?

 

¾Nada, ¡qué va a pasar! ¾contesta Miguel.

 

¾La ola de las 12:30 ¾dice Chevis¾, que nos avisa que se va acercando la hora del aperitivo.

 

Se cruzan las miradas de los cuatro con un guiño de complicidad y se echan a reír. Mario levanta la palma de la mano acercándola hacia Chevis mientras dice:

 

¾Esto no puede ser real, ¡es demasiado!

 

Sin contestarle, Chevis, Miguel y Luis palmean contra su mano abierta compartiendo el sentimiento de que la experiencia es demasiado hermosa para ser real. Pero es real. Una realidad que aparentemente comenzó hace unos días en Lanzarote pero cuyas raíces se encuentran varios años antes, en medio del invierno madrileño.

 

 


 

PRIMERA PARTE: Antes de partir

 

1.  ERASE UNA VEZ UN GRUPO DE GENTE MUY OCUPADA
SEGUNDA PARTE: Cuaderno de Bitácora

 

  1. CARTAS A ALFONSO

 

Text Box:  
 
 
Posición en Carta

 

1 de noviembre de 2002

 

 

Hora: 03:00 GMT

Posición estimada:

Viento aparente:

Distancia total navegada (corredera):

Distancia a destino (GPS):

 

 

 

Querido Alfonso:

 

Son las tres de la madrugada y te escribo durante la primera guardia que voy a hacer en esta travesía. Probablemente te extrañe que te dirija estas cartas que están llamadas a no ser nunca echadas al correo. Pero al ponerme a escribir me he ilusionado con la idea de plasmar en el papel para ti un relato detallado de todo lo que acaezca en este viaje. Entre mis tareas está escribir el cuaderno de bitácora. Tenía intención de utilizar las guardias para tomar notas que luego sirviesen para redactarlo. Al empezar a hacerlo he llegado a la conclusión de que lo que me apetece realmente es tratar de describir con palabras el ambiente del viaje, centrándome en mis reacciones y sentimientos ¾y, en la medida de lo posible, en los del resto de la tripulación¾ ante los hechos que acaezcan durante el mismo, más que en narrar con detalle estos mismos hechos. Creo que intentar poner en palabras los sentimientos me ayudará a definirlos y a gozar con más intensidad lo que me ofrezca el destino. Al mismo tiempo, quisiera que compartas con nosotros todos nuestros avatares. Me gustaría que estuvieses ahora durmiendo en tu camarote esperando a que te toque tu guardia o descansando después de haberla hecho. No ha podido ser, pero no por ello dejas de estar con nosotros. ¿Qué mejor destinatario de esta carta que nunca será enviada?

 

Así que prepárate. A partir de ahora me propongo intentar sacar un rato todos los días, salvo fuerza mayor, para en unas líneas o en unas páginas (ya sabes cómo me enrollo) hacerte llegar los pensamientos que se me hayan ocurrido a lo largo del día. Mi intención es contarte con más detalle que en el cuaderno de bitácora todo lo que nos pase, qué problemas tenemos y cómo los hemos solucionado y, sobre todo, cómo nos sentimos y cómo vivimos esta aventura. De esta forma podrás revivir con nosotros la singladura que hubieras debido hacer en este velero.

 

Pese a no haber luna, la noche tiene una extraña luminosidad. La oscuridad densa de las nubes contrasta con la oscuridad difusa del resto del cielo. Son como inmensos agujeros negros que hubieran absorbido las estrellas.

 

El viento de Noreste de trece nudos nos entra por la aleta desplazándonos por un mar de basalto líquido a una velocidad de algo más de seis nudos. Al abrirse paso entre las aguas, el casco de nuestro barco, “LE REFREN II”, dibuja encajes de espuma blanca que contrastan sobre la superficie ondulada y cristalinamente oscura del mar.

 

El viento, el agua al deslizarse sobre el casco, las pequeñas crestas de espuma rompiendo sobre las olas a nuestro paso, el ocasional flameo de nuestra génova o los estridentes crujidos de la botavara, que parece quejarse con un golpe sordo cada vez que el barco cabecea, componen una música compleja que tiene reminiscencias de cantos de sirena. Su atractivo es tan grande que he apagado mi aparato de música, dejando a un lado por esta noche a Albinioni para sumergirme plenamente en la intensidad de esta primera guardia en alta mar, recién salidos de Lanzarote camino de Santa Lucia, a más de 2.800 millas de distancia.

 

A lo lejos, por el costado de estribor, se vislumbran las luces de Las Palmas de Gran Canaria, más lejos aún, a nuestra popa, se perdieron en la oscuridad las luces de Puerto Calero y de Arrecife, en Lanzarote, de donde partimos hace 13 horas.

 

Atrás quedaron cinco intensos días aparejando el barco, comprobando los equipos y asegurándonos que todos los miembros de la tripulación sabíamos manejarlos.

 

Después de dejarte en el aeropuerto de Lanzarote el domingo día 27 de noviembre, volvimos al barco decididos a organizar nuestros camarotes y buscar un sitio donde almacenar el contenido de los 19 grandes bultos que habíamos enviado por avión a casa de Andrés González Reyes, el amigo de mi socio Román, antes del viaje, para dejar el interior del velero lo más libre posible con vistas a estibar la comida y bebida que tenía que llegar el lunes.

 

La única ventaja de ser cuatro es que cada uno tiene un camarote, lo que hace más sencillo guardar nuestra ropa y útiles personales y nos permite dejar completamente libre el salón. Tampoco hubiera sido un gran problema ser cinco, ya que en el camarote de proa queda bastante sitio y hubiéramos podido meter en él la ropa de dos personas.

 

Como sabes, he tenido bastante mala suerte en el sorteo de camarotes. Me tocó el pequeño, el de las literas. En realidad estaba predestinado. Si no fuera porque fui yo el que preparó los cuatro papeles en los que escribí el nombre de los camarotes: popa babor, popa estribor, proa y literas; los doblé y los oculté entre mis manos para que cada uno sacase uno de ellos, quedándome yo con el último, habría pensado que el sorteo estaba trucado. A Chevis le tocó el camarote de popa estribor, el más cercano a la mesa de cartas, como corresponde al capitán del barco. A Miguel le tocó el que más le gustaba, el camarote de popa babor, que es el mejor junto con el de Chevis, lo que es lógico teniendo en cuenta que él es el segundo. A Mario le tocó el camarote del armador, el de proa, y a mí el que había dicho que no quería: las literas.

 

La pared más larga del camarote está formada por el casco del barco y, por tanto, tiene una gran curvatura. A ella se adosan las dos literas. La superior tendrá unos sesenta centímetros de ancho por popa y no llegará a cuarenta por proa. Tiene la ventaja de recibir aireación por un portillo y una escotilla y el inconveniente de que es tan sumamente estrecha que en cuanto se mueve un poco el barco te precipitas sobre la red que cuelga del techo para evitar que te caigas. Por ello he decidido dormir en la litera inferior y utilizar la litera superior para estibar en ella cosas de mucho volumen y poco peso (no vaya a ser que se me caigan encima y me rompan la cabeza.) Hemos colocado una bolsa con las patatas fritas y otros aperitivos, las bolsas de servilletas y el papel de cocina.

 

La litera inferior es algo más ancha por la parte de popa (unos 80 centímetros) y tendrá también unos 40 centímetros por proa. Su longitud total es de aproximadamente un metro noventa. El ancho del camarote es de un metro cuarenta por la parte más ancha y unos 60 centímetros por la más estrecha. Dado que en la parte ancha tiene un armario pequeñito (50x50) y en la parte estrecha he colocado la bolsa de la pesca con las cosas que no necesitamos para el día a día, queda en total un espacio cuadrado de aproximadamente medio metro de lado para estar de pie en el camarote cuando quiera vestirme, lo que me obligará a ejercer de contorsionista ya que sobre ese mismo espacio se abaten la puerta del camarote y la del armario.

 

Para entrar en la litera inferior también hay que tener dotes circenses, ya que hay que meter la cabeza y los hombros inclinados, en el espacio que queda entre la litera superior y el armario (unos 20 centímetros). Por lo demás, la cama es relativamente amplia aunque no sé si será cómoda cuando haga más calor, ya que carece de aireación.

 

Antes de esta guardia he estado durmiendo en el camarote y he podido comprobar que la cama no es incómoda, aunque en cuanto se mueve el barco acabas durmiendo sobre el costado del buque o agarrándote a la red que cuelga de la litera superior para no caerte al suelo. Me imagino que me acostumbraré a un espacio tan pequeño y que, una vez hecho al barco, no habrá problema alguno.

 

El lunes, día 29 de octubre, hacía las 10 de la mañana, llegaron las cosas que habíamos encargado al hipermercado desde Madrid. Como el carrito no podía entrar hasta el pantalán donde está amarrado el velero el velero, ya que hay unas escaleras, tuvimos que acercar a mano todas las cajas. La verdad es que fue un gran esfuerzo. No te puedes imaginar cómo imponen más de 400 litros de líquidos y trescientos kilos de alimentos colocados en el pantalán frente al barco. Parecía completamente imposible que pudiéramos meter todo dentro del velero y dejar espacio para nosotros.

 

Al revisar lo que nos habían traído comprobamos con consternación que había habido bastantes malentendidos. En primer lugar, el hipermercado al que hicimos el encargo vendía a mayoristas por lo que las cantidades mínimas que entregaban eran enormes. Si habíamos pedido 20 paquetes de mantequilla de 10 gramos, nos sirvieron la cantidad mínima que entregaban: 100 paquetes, y lo mismo pasaba con otras muchas cosas. En segundo término, algunos de los productos que nos suministraron no venían en los envases adecuados. En nuestra lista siempre intentábamos buscar tamaños de lata o de envase relativamente pequeños para que pudiéramos ir utilizándolos conforme los necesitásemos. Sin embargo, en muchos productos, los tamaños que nos suministraban eran demasiado grandes (por ejemplo, latas de 5 kilos de judías verdes) lo que no nos iba a ser operativo, ya que una vez abierta una lata o cualquier otro envase de un producto perecedero tendríamos dificultades para conservarla si no la consumíamos en su totalidad. Adicionalmente, vimos que había productos que sobraban, bien porque había habido algún malentendido y el hipermercado nos había suministrado alguna cosa no deseada, bien porque la compañía de alquiler había dejado el mismo producto en el barco (por ejemplo, el azúcar o la sal), o bien porque los cálculos iniciales que habíamos hecho eran para cinco personas y, aunque en el último momento ajusté la lista de la compra, el hecho es que las cantidades seguían estando pensadas en muchas ocasiones para este número de tripulantes.

 

Al darnos cuenta de que nos sobrarían varios productos decidimos revisarlos uno a uno e intentar devolver parte de ellos. Al mismo tiempo, necesitamos comprar otras cosas que habíamos dejado para adquirir en Lanzarote. Como queríamos hacer la estiba una vez que tuviésemos toda la comida, decidimos meter todo lo que nos habían suministrado dentro del barco sin estibarlo, para evitar que nos pudieran robar algo, y marchar al hipermercado para devolver lo que nos sobraba y comprar lo que nos faltaba. Así lo hicimos y no tuvimos problema alguno. Nos admitieron la devolución y encontramos lo que necesitábamos. Entre una cosa y otra se nos había hecho media tarde.

 

Mario y yo nos dedicamos por la tarde a comenzar el proceso de estiba. Habíamos decidido utilizar la base de datos informática que había preparado Mario en la que cada espacio del velero estaba identificado, para permitirnos conocer dónde habíamos puesto cada cosa y cuáles eran  nuestras existencias iniciales. Ya el domingo estuvimos revisando el programa para asegurarnos que funcionaba correctamente. Lo inauguramos con las medicinas que almacenamos en los armarios de ambos baños.

 

Nuestro mayor problema fue la estiba del agua. Entre la que habíamos comprado y la que ya había en el barco, teníamos que estibar aproximadamente 370 litros, repartidos en 10 envases de cinco litros y 213 de litro y medio.

 

Detrás de los camarotes de popa el Gib Sea 43 tiene un espacio vacío por el que salen diversos desagües y las mangueras de aireación del motor. Mario y yo decidimos utilizar ese hueco para estibar la mayor cantidad posible de agua, de forma tal que pudiéramos sacar bloques de botellas sin que ello desequilibrase los restantes. La estiba tenía que hacerse muy cuidadosamente, ya que si las botellas o cajas que metiéramos en aquellos huecos se movían podían acabar rompiendo alguno de los tubos de desagüe generando un problema importante.

 

Nos pasamos toda la tarde arrastrando cajas con botellas de agua por encima de las literas de los camarotes de popa, teníamos que hacerlo tumbados o en cuclillas, ya que el techo de los camarotes no tendría más allá de 70 centímetros de altura en la parte más a popa. Con más de la mitad del cuerpo metido dentro del hueco de popa conseguimos meter las 10 botellas de agua de cinco litros, 122 botellas de litro y medio y una caja de Pepsi. Lo hicimos de forma tal que las botellas iban en bloques, recubiertas de plástico amortiguador y atadas entre sí con cinta de embalar, de forma que pudiéramos sacar bloques de 5 a 10 botellas sin que el resto se desequilibrase. El esfuerzo fue agotador. Cuando conseguimos acabarlo estábamos completamente destrozados y cubiertos de sudor.

 

Mientras tanto, Miguel y Chevis estuvieron comprando los bidones para el gasoil y la gasolina y comprobando dónde podríamos conseguir botellas adicionales de gas para rellenar las que ya teníamos.

 

El martes conseguimos acabar la estiba y registrar en la base de datos tanto los alimentos como los equipos. Finalmente conseguimos que toda la comida y herramientas cupieran en los distintos huecos del barco (incluyendo sentinas y cofres debajo de los asientos), dejando el salón y los camarotes completamente libres.

 

Aunque habíamos pedido a la compañía que nos alquilaba el barco que no incluyera la embarcación auxiliar (no la necesitábamos para cruzar el Atlántico), desgraciadamente no la habían quitado y estaba allí ocupando la práctica totalidad del cofre de estribor en la bañera. Por ello también nos faltaba sitio para estibar el material que debía ponerse fuera. Acabamos resolviéndolo utilizando el cofre de anclas para meter cabos, de forma que logramos meter en los cofres, además de la embarcación auxiliar y los remos, el tormentín y el gennaker, el generador eléctrico, la botella de aire por si teníamos que sumergirnos debajo del casco para hacer cualquier reparación, las aletas y las gafas, el equipo ligero de pesca y la lona para recoger agua de lluvia.

 

Aprovechamos el resto del día y el miércoles revisando todos los equipamientos del barco, montando los equipos de seguridad y asegurando que todos conocíamos el funcionamiento de los distintos elementos. El único problema que encontramos en el proceso fue el relativo a la descarga en el ordenador de la información meteorológica captada por onda corta. No conseguimos que la conexión fuera lo suficientemente buena como para poder descargar los partes meteorológicos. Ello supone que la única información que tendremos en relación con la meteorología será la que recibamos vía radio o en la comunicación con Rafael del Castillo en la Rueda de Navegantes.

 

Al atardecer del martes fuimos a un almacén de frutas dispuestos a encargar las frutas y verduras que necesitábamos para el viaje. Cuando llegamos el almacén ya estaba cerrado, lo cual era un importante contratiempo. Afortunadamente, en la puerta del almacén estaba el dueño que esperaba a su mujer. Nos indicó que dejáramos el pedido por teléfono y que ya nos lo servirían el día 31 a primera hora de la mañana. Como al día siguiente pensábamos salir, no queríamos correr riesgo alguno. El buen hombre ya había cerrado el almacén e insistía en que no podía tomarnos el pedido. Ya conoces a Mario, con su probada capacidad de persuasión consiguió que abriera el almacén, nos atendiera pacientemente recomendándonos qué frutas y verduras comprar, tomase el pedido completo y nos asegurase que a primera hora de la mañana lo tendríamos en el barco, mientras su mujer, que ya había llegado, nos esperaba de pie en la puerta de la oficina.

 

Esa última noche en Lanzarote fuimos a cenar en el restaurante Puerto Bahía en el Puerto del Carmen, donde nos atendió nuevamente Modesto, el camarero que nos atendió el sábado cuando fuimos a cenar contigo. No pudo estar más amable. Había hecho unas gestiones con los pescadores del Puerto del Carmen para que nos dieran hielo en escamas a primera hora de la mañana del 31, antes de que saliéramos a navegar. Igualmente, se comprometió a regalarnos una buena cantidad de mojo picón y de mojo verde para que podamos cocinar las sabrosísimas papas arrugadas típicas de Lanzarote, de las que hemos comprado 10 kilos. Por cierto, espero que nos salgan estupendas con la receta que nos ha dado Andrés.

 

Esta mañana hemos tenido también una enorme actividad. El frutero cumplió su compromiso y antes de las 8:30 de la mañana teníamos en el muelle ocho cajones con las frutas y verduras que habíamos pedido. Chevis y yo nos quedamos estibando la fruta en el salón intentando ponerla de forma tal que dure lo más posible y acabando de hacer los últimos arreglos en el barco, mientras Miguel y Mario fueron al Puerto del Carmen a recoger el hielo y el mojo, y a devolver el coche que habíamos alquilado. Cuando volvieron preparamos las neveras para intentar conservar el hielo el mayor tiempo posible, ya que no tenemos mucha fe en que la nevera del barco pueda proporcionarnos frío suficiente aunque encendamos el motor todos los días una o dos horas. Arreglamos los papeles del puerto, rellenamos los tanques y los bidones de gasoil que están atados en cubierta y, por fin, a eso de las 2:00 de la tarde nos despedimos del puerto con alegría, y por qué no, con un cierto nerviosismo, ya que será nuestro último contacto con la tierra firme hasta que lleguemos a Santa Lucía.

 

Nada más salir del puerto izamos la mayor y la génova y comenzamos a costear Lanzarote en dirección al estrecho que la separa con Fuerteventura. Íbamos pletóricos de alegría: por fin se convertía en realidad nuestro sueño, después de casi dos años de preparación por fin nos hacemos a la mar. La navegación a poca distancia de la costa no era muy distinta a la que hubiéramos podido tener en el Mediterráneo. Sin embargo, las sensaciones eran totalmente diferentes. Hasta que nos hicimos a la mar nuestra actividad había sido febril y teníamos un sentido de anticipación de lo que nos esperaba pero, no obstante, aún nuestras sensaciones eran semejantes a las que habíamos tenido en días anteriores, seguíamos estando en tierra, con el ritmo acelerado que había caracterizado las últimas semanas.

 

Sin embargo, en cuanto izamos la mayor y cogimos el rumbo tuvimos una sensación de liberación, como una corriente de agua que hubiera estado oprimida en una cañería estrecha y repentinamente surgiera al exterior fluyendo libremente, como si nos hubieran cortado las ligaduras que nos ataban y tuviéramos, por primera vez en muchos días, la posibilidad de mover nuestras manos y pies.

 

El que parecía más entusiasmado era Mario. Tenías que haberlo visto de pie, llevando la rueda del timón, repitiendo cada dos por tres frases de ánimo y autoafirmación: “lo hemos logrado”, “parece increíble”, “somos un equipo”, mientras levantaba la palma y la ofrecía por turno a cada uno de los demás para que chocásemos nuestras manos con la suya y después la chocásemos entre nosotros. Aunque he de reconocer que yo soy poco dado a saludos de la NBA, el momento tenía una intensidad tal que justificaba plenamente la exteriorización de nuestra satisfacción por haber conseguido finalmente hacernos a la mar, nuestra alegría por estar allí y quizá un cierto nerviosismo anticipando lo que nos esperaba.

 

Aunque el mar estaba tranquilo, Chevis, Mario y yo decidimos tomarnos una pastilla de escopolamina de las que nos habías conseguido en Estados Unidos. Mi intención es tomarla cada ocho horas durante dos o tres días hasta que esté seguro de que no voy a marearme. Miguel es un valiente y está convencido de que el mareo no va con él, así que ha decidido no tomar nada por ahora.

 

Si he de ser sincero, estas primeras horas en el mar han justificado mi temor a marearme. Todas las veces que he bajado a hacer algo dentro del barco he acabado sintiéndome un poco mareado. La primera vez fue poco después de salir de Puerto Calero, una vez pasada la euforia inicial Mario y yo bajamos a preparar unos espagueti para comer. Aunque había poco que hacer, ya que estaban pre-cocinados y solamente había que calentarlos con un poco de agua, el hecho es que estar junto a la cocina, con el calor del fuego, balanceándome con el movimiento del barco, me revolvió ligeramente el estómago y, aunque no llegué a marearme realmente, me faltó muy poco. La misma sensación tuve cuando bajé al salón e intenté tomar unas notas en el ordenador después de hablar con Elena para dictarle el cuaderno de bitácora a las 6:00 de la tarde. Tuve que apagarlo poco después de empezar ya que llegué a la conclusión de que si seguía escribiendo acabaría devolviendo sobre la borda, a sotavento.

 

Hasta que viramos al Oeste poco después de sobrepasar Punta Papagayo, al Sur de Lanzarote, dejando por babor la isla de Lobos y Fuerteventura, el viento soplaba bonancible, entre 10 y 12 nudos del NE, casi paralelo a la costa de la isla de Lanzarote. Cuando viramos para entrar en el estrecho que separa Lanzarote de Fuerteventura, poco después de anochecer, tomamos rumbo directo al faro de Punta Anaga en la isla de Tenerife (W ¼SW), el viento cayó drásticamente, probablemente apantallado por la isla de Lanzarote. El viento aparente fue cayendo hasta acercarse a 2 nudos, con lo que estábamos prácticamente parados, así que decidimos poner el motor hasta que lográsemos salir de la sombra de la isla. Fue como si Airán, que según nos dijeron era el dios de la lluvia y el viento guanche ¾aunque no hemos podido comprobarlo¾ nos estuviera observando. En cuanto encendimos el motor volvió a soplar una brisa suave que, poco a poco, fue creciendo en intensidad hasta alcanzar nuevamente los 10 ó 12 nudos, lo que nos permitió recuperar nuestro rumbo y velocidad. En total, el tiempo que tuvimos encendido el motor no llegó a un minuto.

 

Deslizándonos entre Fuerteventura y Lanzarote se nos hizo la hora de cenar. Decidimos tomar algo frío, en gran parte porque a nadie le apetecía bajar a la cocina y perdernos el espectáculo nocturno. Mientras cenábamos reorganizamos los turnos de guardia que habías preparado para cinco tripulantes. Decidimos hacer guardias de dos horas y media, manteniéndose en cubierta, aunque fuera durmiendo, el que salía de guardia para poder ayudar en las maniobras si hubiera que hacer alguna. A mí me tocó la guardia de las 2:00 de la madrugada, que acabará dentro de un rato, a las 4:30, hora en la que despertaré a Miguel y yo me quedaré durmiendo en cubierta de retén.

 

Vuelvo a escribir después de unos minutos de descanso. He apagado la luz para disfrutar perdiéndome en la oscuridad de la noche. He aprovechado estos minutos para preguntarme por las semejanzas y diferencias entre las sensaciones que tengo en estos momentos y las que he sentido en otras travesías nocturnas cuando, por ejemplo, cruzaba desde Menorca a Barcelona o a Denia, o al revés.

 

El escenario es muy parecido: el barco ligeramente escorado por el viento que nos entra por la aleta de estribor y agitándose al recibir el impulso de las olas, que no están completamente unificadas como consecuencia de la cercanía de las islas. El mar, profundamente negro, se agita incesantemente pese a estar relativamente tranquilo, las olas llevan sobre sus lomos intrincados diseños en los que se refleja la luz difusa de las estrellas. A lo lejos, por proa, el faro de Punta Anaga te ata con su luz a la realidad de los objetos. Un escenario no muy distinto al que podrías encontrar costeando Menorca y viendo a lo lejos la luz del faro de Punta Favorita.

 

Al mirar hacia el cielo parece como si hubiera más estrellas que en el Mediterráneo. Reconozco a viejas amigas, Casiopea y el Carro de la Osa Mayor, señalándome la Polar, o a Orión, pero la posición no es la misma y hay constelaciones que no reconozco.

 

Sin duda, la diferencia está en mi interior, no me siento igual que cuando hago una travesía de un par de días por el Mediterráneo. Mi espíritu está más inquieto, tengo una sensación de anticipación indefinida que me hace oscilar entre la euforia y el nerviosismo.

 

Ha sido un largo año de preparación, anticipando este momento. Tengo la sensación de que nos hemos tomado el proyecto de la travesía atlántica como un proyecto empresarial, hemos aplicado a su preparación las mismas técnicas que aplicaríamos a nuestra vida profesional. Hemos intentado desmenuzar las necesidades que podríamos tener durante el viaje, clasificarlas con el máximo detalle y distribuirlas entre nosotros. Cada uno ha estudiado exhaustivamente los temas que le han tocado y ha buscado soluciones para cuanto hipotético problema podía sucedernos, con un grado de obsesión típico de un proyecto tan ambicioso como éste.

 

Preparar el viaje ha sido divertido, pero yo creo que la preparación tan detallada nos ha dejado un poco exhaustos. El último mes, intentando dejar las cosas organizadas en nuestras oficinas y a la vez intentando completar los mil y un detalles pendientes, ha sido extenuante. No creo que alguno de nosotros llegase a dormir cinco horas ninguno de los días de la semana anterior a volar a Lanzarote.

 

Para colmo, los cinco días que hemos estado en Lanzarote han sido una carrera de relevos que ha supuesto un esfuerzo físico y psíquico enorme, al que se une la sensación de que nos hubiera venido bien contar con un par de días más para probar bien el barco y todos los equipos.

 

Tengo la sensación de que durante estos meses he estado acumulando tensión, intentando combinar todas mis actividades con la máxima eficacia: dejar los asuntos de mi trabajo en el mejor estado posible, organizados y con una persona a cargo de cada proyecto, no olvidar a mi familia y procurar hacerlos partícipes de mi entusiasmo por esta travesía, y asegurarme que en las áreas que me estaban encomendadas (pesca, medicina y comida, fundamentalmente) las tareas estaban ejecutadas y podíamos evitar encontrarnos con una sorpresa. Esta tensión es cualitativamente semejante a la que soporto en mi vida cotidiana, aunque quizá haya tenido mayor intensidad al haberse acumulado tareas pero, en el fondo, tengo la sensación de que he enfocado la preparación del CAC02 como si hubiera sido un encargo profesional más.

 

Es ahora, al encontrarme solo en medio de la noche, mirando a las estrellas y sabiendo que durante los próximos veinte días no existe más proyecto que vivir intensamente este viaje, cuando siento que realmente hay algo que ha cambiado, algo que no cambia tan intensamente cuando estoy navegando desde Denia hasta Menorca o de Menorca a Barcelona. En estos viajes cortos el trayecto es un paréntesis entre dos realidades semejantes. En este momento, sin embargo, siento que el trayecto que me espera es una vida en sí mismo, que dejo atrás una realidad y voy a vivir otra muy distinta. A este sentimiento se une la descarga nerviosa que produce haber completado la tarea. Noto como cosquillean mis terminaciones nerviosas. Es un cosquilleo semejante al que sientes en los músculos después de haber hecho una carrera rápida. Por un lado se resienten del esfuerzo realizado, por otro intentan recuperarse en la tranquilidad que sucede al esfuerzo. Es como si hubiera saltado el corcho de la botella de champagne liberando la tensión acumulada y dejando que mi mente, mis músculos, mis ideas y sentimientos se esparzan libremente en la noche que me acompaña.

 

Junto a esta difusa sensación de tranquilidad tras la batalla, junto a la expectación por el cambio que imagino, advierto una corriente profunda de intranquilidad, no estoy seguro si es temor, ansiedad por lo que pase en el viaje o es un temor, ansiedad, anticipación por los cambios que pueden producirse en mí como consecuencia del viaje. Es aún pronto para saberlo. Quizá sea simplemente que aún no he dejado a un lado la aceleración de los últimos días y que por mi sangre fluye aún demasiada adrenalina.

 

Atraída por estos pensamientos, apareció la luna a nuestra popa. Está comenzando el cuarto creciente y la luna tiene forma de sonrisa, con el labio inferior apoyado aún sobre las aguas. Su alegría, o la que me genera en mí, disiparon las pocas sombras que pudieran existir en esta noche de difuntos (ahora que lo pienso, quizá hemos decidido salir este día como una metáfora sobre el pasado).

 

La luna tiene forma de bajel, con su casco flotando sobre las aguas, parece un barco que quisiera seguir nuestro rumbo y acompañarnos en el viaje. Dibuja sobre el mar una estela blanca dirigida directamente a nuestra popa, como si con su luz quisiera marcar el camino que ya hemos recorrido ¿Será tal vez una despedida? Al verla tan blanca sobre la noche, desdibujando estrellas, sonriéndome e iluminando el camino recorrido, no puedo dejar de recordar la sonrisa de Jana al despedirme en el aeropuerto de Barajas: forzada alegría dejada en entredicho por la tristeza de la mirada.

 

A proa, casi enfrentada a la sonrisa de la luna, la luz del faro nos hace guiños, dibujando sobre la mar un camino amarillento, difuso o mucho menos intenso que el de la luna, pero que tiene el encanto del camino aún no recorrido, el que vamos a recorrer.

 

Ha amainado el viento, es como si mi barco se diera cuenta de la belleza del momento y quisiera alargarlo.

 

Se acerca el final de mi guardia y a mí también me gustaría alargar este momento. Pero no tengo derecho a guardarme para mí solo la belleza de la noche. En unos instantes despertaré a Chevis, que duerme sobre el banco de babor en la bañera e hizo la guardia anterior, para que baje a su camarote y despierte a Miguel, al que le toca la siguiente guardia. Cuando suba Miguel no sé si me echaré a dormir en el lugar que abandonará Chevis o me dejaré acunar por el viento suave que nos acompaña bajo la luz de las estrellas y de la luna en esta primera noche, esperando que la claridad del amanecer desdibuje las tinieblas.


 

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Posición en Carta

 

1 de noviembre de 2002

 

 

Hora: 21:00 GMT

Posición estimada: 028º 27,5’ N-016º 14,8’ W

Viento aparente: NE 12,5 nudos

Distancia total navegada (corredera): 160 millas

Tiempo total navegado: 24 h

Distancia a destino (GPS):

 

 

 

 

Querido Alfonso:

 

¡Qué fácilmente se desbaratan los mejores planes! Anoche te escribía con el convencimiento de que la próxima tierra que pisaríamos estaría bañada por las aguas del Mar Caribe y ahora te escribo atracado en un puerto mientras miro como se balancean, agitados por el viento, decenas de palos desnudos.

 

Quizá estábamos predestinados a hacer esta escala. Después de haber recibido tantas bromas parangonándonos a Cristóbal Colón en su búsqueda de las Indias, puede que el destino haya querido jugar con nosotros para hacer más marcada la semejanza. Así como Colón tuvo que parar durante casi un mes en las Islas Canarias, creo que fue en la isla de Gomera, hasta que en el puerto de Gran Canaria (o quizá en el puerto de Tenerife) reparasen el timón de la Pinta que había comenzado a fallar durante la travesía desde la península, nosotros nos hemos visto obligados a parar en Tenerife para reparar nuestro velero, aunque espero que volver a partir no nos cueste tanto tiempo como le costó a Colón.

 

Ha amanecido durante la guardia de Miguel, mientras yo dormía en cubierta. El aire era muy húmedo y teníamos sensación de frío, pese a ir fuertemente abrigados, ya que la temperatura había bajado por debajo de los 10º C. Ha sido un amanecer especialmente bonito, la salida del sol ha estado velada por una neblina gris y la transición entre las sombras y el día ha sido paulatina, tiñendo de tonos grises el océano y la cúpula celeste hasta que el sol, elevado ya unos grados sobre el horizonte, ha expulsado definitivamente las sombras, pintando de azul las aguas del mar y los parches de cielo que se dejaban ver entre las nubes.

 

Aunque teníamos firme intención de desayunar huevos fritos con bacón en nuestro primer amanecer en movimiento, el hecho de que no estuviéramos todos en cubierta nos ha hecho cambiar de planes. En mi caso, que no creo único, también ha influido el hecho de que no me veía bajando a la cocina para intentar hacer unos huevos fritos con el barco moviéndose como una peonza, zarandeado por dos trenes de olas, uno que entraba por la aleta de babor y otro que entraba casi de través por estribor. El hecho es que nos hemos limitado a calentar agua y leche para tomar café, salvo Mario que ha hecho patria tomando mate, y hemos empezado a dar cuenta de las ingentes cantidades de magdalenas que nos hemos traído para amenizar las guardias y los desayunos.

 

Lancé una línea con bastante poca fe, ya que estábamos muy cerca de la costa y aún teníamos mucha comida fresca, pero no pude evitar la tentación de intentar pescar. Poco después decidí echarme un rato en mi camarote.

 

Mientras dormía, Miguel y Chevis investigaron el ruido que hacía la botavara. Desde que salimos de Lanzarote, junto a los crujidos normales se podían escuchar algunos golpes sordos que ponían de manifiesto que algo no funcionaba bien. Miguel y Chevis localizaron inmediatamente el origen de los golpes, la pletina metálica que sujeta la contra a la botavara está rajada a la altura del remache posterior, de forma que está completamente suelta por uno de los lados. Cada vez que con el movimiento del velero la mayor pierde viento aparente, la botavara cae con violencia sobre la contra provocando el ruido. No se trataba de una avería muy grave, aunque si no la arreglamos la pieza de sujeción acabará por romperse, lo que dejaría la contra inservible. Dado que esperábamos tener vientos portantes no poder utilizar la contra no sería un grave problema. No obstante, sería deseable arreglar la pieza para evitar que acabe de desgarrarse por completo la sujeción a la botavara y eliminar el riesgo de perder la contra.

 

Cuando me desperté, Miguel, Chevis y Mario llevaban un buen rato pensando cómo reparar la avería.

 

La solución más razonable es hacer otro agujero en la parte de la pieza que se mantiene intacta y poner otro remache fijándola a la botavara. Sin embargo, esta solución no es posible ya que nos hemos olvidado de traer una remachadora. Miguel está compungido por el olvido. En su relación inicial de útiles a traer en la caja de herramientas había incluido la remachadora, pero con las prisas del último momento no la ha cogido. En teoría podemos sustituir el remache por un tornillo de metal pero los que tenemos no son adecuados y la solución no es muy buena.

 

Adicionalmente, aunque podamos resolver el problema de la contra con lo que tenemos, subsiste el hecho de que no tenemos una remachadora. En un viaje como éste pueden fallar cientos de cosas ya que la tensión que tiene que soportar el aparejo durante 24 horas al día como consecuencia del viento y del oleaje es tan fuerte que lo más lógico es esperar que se rompa más de una pieza. Está claro que en cualquier momento podremos necesitar unir piezas con remaches y que no tener una remachadora es un gran inconveniente. Por ello, a media mañana, Chevis nos planteó que, en su opinión, no nos quedaba más remedio que dirigirnos a tierra a comprar una remachadora e intentar arreglar la pieza, no tanto por la pieza en sí misma sino por el hecho de completar nuestras herramientas con una buena provisión de remaches y la herramienta correspondiente, para así poder hacer frente a cualquier otro problema que pudiera surgir en el futuro. Como es lógico, todos hemos estado de acuerdo.

 

Cuando tomamos la decisión, ya habíamos pasado la altura de Las Palmas de Gran Canaria y dirigirnos a ella hubiera supuesto dar un rodeo innecesario. Nos encontrábamos frente a la isla de Tenerife por lo que pusimos rumbo a la marina Atlántico, en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, donde esperábamos encontrar algún taller en el que pudiéramos reparar la pieza o, en último extremo, una tienda en la que pudiéramos comprar la remachadora.

 

Tomar la decisión de volver a tierra ha supuesto una cierta desilusión. Nos sentíamos como si el sol no hubiera despejado por completo la niebla matutina y el viento la hubiera hecho caer sobre la bañera del barco, donde se había hecho más densa, permaneciendo como una losa gris y fría sobre nuestro estado de ánimo.

 

El más afectado era Miguel, aunque trataba de disimularlo. Era evidente que se consideraba responsable por no haber traído una remachadora. Los demás sabíamos que era una auto-recriminación absurda y que en una travesía como la que teníamos previsto hacer parar unas horas en Tenerife no significaba absolutamente nada. Fueron Chevis y Mario los encargados de elevar el ánimo de Miguel y de disipar las nubes que se habían adueñado del barco. Entre las bromas de Chevis sobre la juerga que nos íbamos a correr en Tenerife y la reafirmación por parte de Mario, seguida por todos nosotros, de nuestra caracterización como un equipo, se aclaró rápidamente el humor y se recuperó el ánimo.

 

También el viento se había recuperado y la llegada a la isla de Tenerife la hicimos a buena velocidad, recibiendo el viento, primero de través y después a un descuartelar, lo que hace la navegación más entretenida que cuando el viento sopla por la popa, aunque sólo sea porque la sensación de velocidad es mayor.

 

El Teide y las altas montañas de Tenerife estaban ocultos por las nubes cuando nos acercamos a la isla. No obstante, la impresión que causa la isla vista desde el mar es impactante. La costa es abrupta y las montañas parecen desplomarse desde las nubes hacia el mar como una cascada de piedra con tonos castaños y cobrizos recubierta de una piel de lujuriosa vegetación verde. En cierto modo, el hecho de que las cumbres estuvieran ocultas por las nubes añadía un halo de misterio a esa catarata de piedra que no estaba fuera de lugar.

 

La de Santa Cruz de Tenerife ciudad parece haberse construido sobre la hoya que han formado las montañas que la rodean, cuyas pendientes laderas se sumergen debajo de las construcciones blancas. Pero éstas no se resignan a ocupar el valle abierto hacia el mar y reptan por las empinadas cortadas formando ángulos imposibles. Desde el mar pueden observarse algunos barrios que serpenteaban siguiendo el cauce seco de las torrenteras montaña arriba como si quisieran alcanzar otro paraíso oculto por las nubes. ¡Buen motor tendrán que tener los coches que suban a esos barrios para superar unas pendientes que desde el mar se adivinan empinadísimas!

 

Santa Cruz es una ciudad que da la espalda a la montaña y mira al mar. Con sus colonias puntiagudas de casas blancas ascendiendo por las torrenteras parece una estrella de mar albina dispuesta a dejarse bañar por las olas o a lanzarse al fondo de las aguas en cualquier momento. Se entra a la marina Atlántico a través de una dársena industrial, protegida del mar por un enorme espolón, cuyas dimensiones ponen de manifiesto la fuerza que deben tener las olas cuando la tormenta golpee esta costa. Al fondo de la dársena, un espolón perpendicular al muelle principal cierra el paso, dejando una pequeña bocana a estribor de los barcos que entran. Contactamos con la Marina por radio y afortunadamente no tuvimos ningún problema en encontrar un amarre. La El puerto es muy amplio, con mucho espacio libre entre los pantalanes, lo que facilita las maniobras. Sin embargo, nuestra entrada fue algo accidentada.

 

El amarre que nos adjudicaron abría hacia el Norte y estaba casi al final de la Marina, que estaba orientada en el eje Sur-Norte. El viento entraba también por el Norte, racheado, con mucha intensidad. Llevaba el timón Miguel cuando nos dirigimos al punto de amarre muy lentamente. Cuando ya estábamos llegando, arreció repentinamente el viento lanzando el barco contra el pantalán, con riesgo de golpear en el barco, de casco de acero, amarrado a estribor de nuestro punto de amarre. Afortunadamente, todos reaccionamos rápidamente evitando cualquier problema. Miguel redujo la velocidad poniendo la marcha atrás, Chevis y yo nos bajamos al pantalán con unos cabos y, sobre todo, Mario volvió a dar muestras de su excepcional fortaleza física, sacando el cuerpo prácticamente por la proa del velero para agarrarse al barco vecino y evitar con la fuerza de sus brazos que nuestro casco pudiera chocar. Fueron unos segundos que casi parecieron minutos, pero poco después el barco estaba firmemente amarrado al pantalán y nosotros empezamos a recoger las cosas para salir a Santa Cruz en busca de lo que necesitábamos, aunque no teníamos mucha esperanza puesto que era el día 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos, y lo más normal es que todo estuviera cerrado.

 

La marina Atlántico es decepcionante. Como te he dicho anteriormente es muy amplia y tienen mucho espacio entre los pantalanes. Al mismo tiempo está bien protegida del mar y aunque el viento puede entrar con bastante fuerza (como acabábamos de comprobar) el refugio que ofrece es razonablemente bueno. Sin embargo, las instalaciones son ínfimas. Veníamos de Puerto Calero en el que está cuidado hasta el más mínimo detalle y pensado para hacer la estancia cómoda y agradable a los que recalen en el. No solamente las instalaciones comunes (por ejemplo, los baños) son excelentes sino que también cuanta con una zona comercial amplia en la que se puede encontrar prácticamente todo lo que se necesite para un barco. La marina Atlántico es la antítesis de Puerto Calero, con un acabado prácticamente industrial y carente de mantenimiento adecuado, no cuenta prácticamente con ninguna instalación. Todos los servicios se encuentran en dos contenedores habilitados para ser baños sobre los cuales se ha instalado una casamata de aspecto ruinoso en la que se encuentran las oficinas de la marina, si es que cabe considerar como tal a un cubículo de unos tres metros de largo por dos de ancho en el que se amontonan papeles, archivadores y repuestos, sin aparente orden ni concierto. Los baños y las duchas tienen ese aspecto desolado y lúgubre de los baños de las gasolineras antiguas y generan una sensación de provisionalidad como los baños móviles que se instalan en algunas ferias, puestos allí más que para ser usados, para cumplir el requisito legal. Unas oscuras y desvencijadas puertas de contrachapado, la mayor parte de las cuales carece de cerradura, dan entrada a unos sanitarios de porcelana cuarteada por el tiempo que muestran incrustadas medallas de diversos colores. Las duchas no son más atractivas, aunque afortunadamente tienen agua caliente.

 

En cuanto recogimos el barco y nos duchamos, salimos dispuestos a buscar algún sitio donde comer y comprobar si existía algún taller náutico en el que pudiéramos repara la botavara o alguna tienda donde pudiéramos comprar una remachadora. Nuestras sospechas se confirmaron: en aquel día estaba prácticamente todo cerrado. Eran aproximadamente las 2:00 de la tarde cuando llegamos y serían las 4:00 cuando salimos a dar nuestro paseo. La ciudad estaba entonces dormitando, como era de esperar en un día de fiesta. Las calles luminosas rodeadas de tiendas cuyos escaparates apagados mostraban a los escasos viandantes los productos que no podrían comprar en ese día. No obstante, algunos bazares estaban abiertos y hubiéramos podido comprar calculadoras, puros, cigarrillos, máquinas fotográficas y, en general todos los productos típicos de las zonas en las que los impuestos sobre el consumo son más bajos, como ha sido tradicional en las Canarias. Desgraciadamente, en ninguna de aquellas tiendas encontramos una remachadora. Visto que sería imposible resolver nuestro problema en ese día, decidimos buscar un sitio donde comer y tomárnoslo con calma, gozando de la ciudad.

 

Antes de comer nos hemos asegurado de conocer exactamente el sitio donde se encuentra la mejor ferretería de Santa Cruz, donde mañana por la mañana iremos a comprar la remachadora. Después hemos buscado un sitio donde comer, lo que no ha resultado fácil ya que se nos había hecho muy tarde y todos los restaurantes estaban cerrados. Con el avance de la tarde la ciudad se ha ido animando y se han empezado a llenar las calles principales y el paseo marítimo de familias gozando de la tarde de fiesta y, sorprendentemente teniendo en cuenta las fechas, de personas con aspecto de turistas. Al parecer, un rally de coches tiene prevista su llegada a la ciudad esta noche, muy cerca de donde tenemos amarrado el barco, lo que aumenta la animación de esta zona.

 

Al caer la tarde hemos vuelto al barco y hemos aprovechado para poner un poco de orden, ducharnos y gravar en un CD-rom las fotos de la salida de Puerto Calero para enviártelas a Madrid para que las puedas ver, se las pases a nuestras familias y las pongas en la web.

 

Van a dar las 9:00 de la noche y dentro de un rato saldremos a conocer la vida nocturna de Tenerife. Seguro que llegamos a triunfar, como dice Chevis, y que pasaremos una noche agradable, aunque todos preferiríamos estar en alta mar escuchando el rumor de las olas, en vez de la música lejana que nos llega de las carpas montadas en la meta del rally. Pero no importa, esta parada es sólo un paréntesis que cerraremos mañana cuando volvamos a izar las velas para que el viento nos impulse lejos de la tierra firme.

 


 

3 de noviembre de 2002

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Posición en Carta

 

 

 


 

Hora: 16:00 GMT

Posición estimada: 026º 03’ N-018º 19’ W

Viento aparente: ENE 13 nudos

Distancia total navegada (corredera): 363 millas

Tiempo total navegado: 49 h 25 m

Distancia a destino (GPS):

 

 

 

 

Querido Alfonso:

 

            Otra vez la realidad se impone a los deseos.  Las últimas 26 horas han sido tan intensas y han pasado tan deprisa que apenas había sitio en mi cerebro para pensamientos que no tuvieran relación directa con la navegación. Además, el viento y las olas han zarandeado de tal forma el barco que aunque hubiera tenido el tiempo y la presencia de ánimo suficiente para ponerme a escribir no creo que hubiera sido capaz de centrar mis ojos sobre las páginas crema en las que escribo o de hacer trazos que hubieran resultado legibles cuando los intentase leer en el futuro.

 

            Pero ahora, con el sol sobre nuestras cabezas empezando a caer hacia el Oeste, los dioses del mar han decidido descansar un rato ¾quizá estén echándose una siesta¾ para recuperar fuerzas después de la actividad de estas últimas horas. El viento ha amainado y, aunque todavía tiene una intensidad respetable (el viento real se acerca a los 20 nudos) parece una brisilla relajante en comparación con el temporal que hemos llegado a tener esta pasada noche.

 

            Hemos acabado de comer hace un rato y Mario y Miguel, como los dioses del mar, se están echando una siesta para recuperar fuerzas. Chevis y yo estamos en la bañera gozando del calor que proporciona el sol a estas horas de la tarde. Hay muy pocas nubes sobre nuestras cabezas y la temperatura está por encima de los 20ºC. Sentado sobre el banco de estribor, en mangas de camisa, observo como la punta del palo dibuja líneas sobre el cielo, como si se tratase de la batuta de un director de orquesta nervioso que quisiera crear una melodía vibrante con el sonido del viento y el rumor del barco al quebrarse bajo nuestro casco. Es agradable estar aquí sentado, sin hacer nada, estirando perezosamente las piernas desnudas mientras los rayos del sol te dan un masaje cálido y tonificante, aunque he decidido hacer caso a Jana y al médico y me he echado crema protectora de nivel 60 en la cara y de 30 en el resto del cuerpo. Con esta capa de estuco aceitoso sobre mi piel no creo que me ponga moreno pero tampoco me quemaré y, teniendo en cuenta la facilidad con la que me salen ampollas cuando me da el sol, es mejor ser precavido.

 

            Me acabo de servir una copita de armagnac y he dejado que su aroma de fruta y madera, de bosque viejo y de alcohol agudo y penetrante, sature mis pituitarias y su esencia volátil se introduzca hasta el fondo de mis pulmones. Luego he tomado un sorbito y su calor de sol envejecido ha penetrado por mi garganta, tonificándome. Creo que ha llegado el momento de poner orden en mis ideas y empezar a contarte lo que ha pasado durante estos últimos dos días.

 

            Hace unos minutos acabé de escribir el cuaderno de bitácora que dictaré a Elena dentro de un par de horas y me voy a servir de estas notas para contarte mis impresiones sobre los emocionantes acontecimientos del último día y medio, durante los que el viento ha soplado con una fuerza inesperada y las olas se han abatido amenazantes sobre el barco, aunque no hayamos llegado nunca a estar en auténtico peligro. Hoy Chevis ha elegido una frase del día un poco críptica: “todo a pulmón” (ayer por fin decidimos hacer caso a Chema Buceta y nombrar a una persona como jefe de día que fuera la encargada de velar por el estado de ánimo de la tripulación y de elegir una frase cada día que nos “inspirase”; hemos decidido que sea jefe del día al que le toca llamar a casa para hablar con la familia, ayer le tocó a Miguel y hoy le corresponde a Chevis). En cierto modo, la frase que ha elegido ha cobrado pleno sentido gracias al mal tiempo. Al recibir los rociones de la espuma y ver escorarse el barco cuando nos atacaba una ola por el costado, sentíamos un poco de aprensión, temiendo que no fuéramos capaces de aguantar sin ayuda lo que se nos venía encima. Pero, sin embargo, la pasada noche ha demostrado que efectivamente somos capaces de salir adelante a pesar de los elementos, sin necesidad de artificios o apoyos adicionales y que seremos capaces de hacer esta travesía “a pulmón”, basándonos en nuestras propias fuerzas. Pero me estoy adelantando, es mejor que comience cronológicamente, donde lo dejé en la carta anterior, en la marina de Santa Cruz de Tenerife, poco antes de salir a cenar la noche del día 1 de noviembre.

 

La ciudad de Santa Cruz de Tenerife pareció animarse en cuanto cayó la tarde. Muy cerca del puerto estaba la meta del rally y el ruido de los motores, los altavoces de la organización, la música de algún chiringuito y las voces de la gente que llenaba las aceras celebrando animadamente los colores vistosos y el aspecto deportivo de los coches que acaban de llegar o estaban llegando, daban al paseo marítimo un aspecto de domingo y alegría en el que nos sumergimos rápidamente, olvidando por unas horas el mal sabor de boca que nos había dejado tener que hacer esta parada técnica. Recorrimos el paseo un par de veces y nos dejamos llevar por los más jóvenes en dirección a la zona de copas, donde encontramos un restaurante en el que cenar tranquilamente.

 

            Después de la cena entramos en un bar de copas a tomar un gintonic y nos quedamos un rato mirando las evoluciones de los jóvenes, unos chicos y chicas escandalosamente jóvenes que, con la hermosura de sus escasos 20 años, dejaban que las notas musicales formasen curvas sobre sus cuerpos.

 

            Nos acostamos pronto, a la mañana siguiente queríamos levantarnos temprano y teníamos mucho que hacer. Serían aproximadamente las 8 de la mañana cuando comenzamos a desayunar en una cafetería cercana al muelle. El día amaneció nublado pero cálido. El viento soplaba con intensidad entrando en la ciudad por el Este, única puerta que dejan abierta las colinas que forman la caldera en que se levanta la ciudad de Santa Cruz. Los palos de los veleros amarrados en el pantalán se agitaban con un movimiento aparentemente aleatorio, pese a la protección de la escollera. Sentados en la cafetería el viento casi no se notaba. Después de desayunar nos dividimos. Mario y Miguel se dirigieron a las tiendas para buscar las herramientas que necesitábamos, sobre todo la remachadora y algunas otras cosas que querían comprar. No tuvieron gran problema y en poco más de una hora y media lograron comprar la remachadora y gran cantidad de remaches de distintos grosores. Miguel aprovechó para comprar también tornillos de metal y otras cosas que echaba de menos en la caja de herramientas. Yo les había pedido que me buscasen una linterna de cabeza ligera, de las que en vez de bombillas tienen leds que producen una luz muy intensa y graduable. La encontraron y estoy con ella como un niño con zapatos nuevos. No pesaba nada ya que la batería que tiene es de litio y las bombillas son muy ligeras. Puedo graduar su intensidad y puedo también ajustar la dirección en que ilumina. Durante la pasada noche me ha sido de gran utilidad y estoy convencido de que va ser esencial durante las guardias. También compraron un pijama para Mario ya que se le había olvidado traerlo, aunque no creo que lo hubiera echando de menos, ya que confío en que tengamos un tiempo excelente durante nuestra singladura y que no necesitemos pijamas. No obstante, la noche que viajamos de Lanzarote a Tenerife había hecho un poco de frío y a mí no me sobró ni el pijama ni el saco de dormir que me eché por encima.

 

            Mientras Miguel y Mario hacían las compras, Chevis y yo fuimos a correos para enviarte el disco con las fotos de la salida de Lanzarote que estarás a punto de recibir y que espero coloques en la web para que las puedan ver los que nos están siguiendo. Después aprovechamos para volver al barco y recoger todas las cosas.

 

            En cuanto volvieron Miguel y Mario reparamos la sujeción de la contra. Yo creo que no ha quedado muy fuerte, ya que hubiera sido necesario cambiar la pieza que la sujeta a la botavara. No obstante, Miguel ha hecho un agujero nuevo en el que hemos metido el remache y, en cualquier caso, si no llegase a aguantar todo el viaje tampoco sería un grave problema ya que el peor inconveniente es el ruido que produce, porque no vamos a necesitar utilizarla mucho si el viento nos viene, como esperamos, de popa durante la singladura.

 

            Mientras acabábamos las reparaciones, hicimos las gestiones en el puerto y compramos hielo para rellenar las neveras. Ha sido una gran idea llenar la nevera del barco con hielo de pescador en capas, ya que se está manteniendo de maravilla. Aunque estamos en puerto no hemos podido encender la nevera, ya que la toma de puerto no vale para la nevera, que sólo puede cargarse enciendo el motor. Aún estando en el puerto hemos tenido el motor un rato encendido para asegurar que la nevera funcionase correctamente. En lo que no hemos tenido éxito es en la nevera portátil. Como sabes, nuestra intención era llenarla de hielo y meter en ella algunas bebidas y comida que pudiéramos utilizar los primeros días. Desgraciadamente, la nevera no es muy buena y al cabo de poco más de 24 horas se ha derretido todo el hielo. Antes de salir hemos rellenado ambas neveras por completo y espero que consigamos mantener los cubitos de hielo un par de días para enfriar los gin tonics o los cubalibres.

 

             A las 12:15 aproximadamente habíamos acabado las reparaciones y organizado el barco por lo que salimos del puerto. Soplaba un viento fuerte del Este que en cuanto perdimos la protección de las colinas al salir de la bocana del puerto roló hacia el NNE, con una intensidad cercana a los 20 nudos.

 

            Esta vez tuve la suerte de que me tocó sacar a mí el barco. Fue muy agradable la sensación de estar a la rueda del timón con bastante viento e ir viendo desplazarse a los costados del velero los muelles de carga del puerto, sobre el fondo estático de la ciudad de Sta. En cuanto dejamos de estar protegidos por el espolón, el barco empezó a agitarse nerviosamente recibiendo las olas por el costado de babor, lo que nos hacía balancearnos cada vez que una ola chocaba contra nuestro costado. En cuanto nos encontramos a un cuarto de milla de la costa aproé el barco, reduciendo bastante la potencia del motor pero asegurando que tuviese gobierno suficiente para mantener controlado el velero frente a las olas. Chevis se dirigió al pie del palo para ayudar manualmente a izar la mayor. Al hacerlo, comprobó que había una pequeña pieza metálica en el suelo que resultó ser la aleta de un remache. Mientras yo mantenía el barco aproado, evitando, en la medida de lo posible, los balanceos bruscos, Miguel y Chevis comenzaron a buscar el lugar del que podía haberse desprendido. El número de posibilidades era muy reducido y rápidamente vieron algo que probablemente deberíamos haber advertido con anterioridad, los remaches que unen la botavara con el pinzote, la pieza que a su vez sujeta la botavara al palo, estaban en muy mal estado. Desgraciadamente, la botavara tiene holgura por lo que cuando el viento tensa la vela mayor el extremo inferior de la botavara se eleva ligeramente, abriéndose una ranura en el punto donde se une con el pinzote. Al cesar el esfuerzo del viento la botavara vuelve a caer, cerrándose la fisura. Este movimiento de guillotina ha debido presionar sobre los remaches haciendo que primero cogieran holgura y finalmente se rompieran. Revisamos los remaches de ambos costados y pudimos comprobar, con sorpresa y cierta aprensión, que de los tres remaches del costado de estribor dos se habían roto dejando un hueco, negro como un túnel que hubiera barrenado un gusano asesino en el metal plateado, y el tercero tenía tanta holgura que prácticamente no realizaba labor sustentadora alguna.  La situación de los remaches del costado de babor era un poco mejor, pero aún así uno de ellos se había caído y otro parecía estar ligeramente suelto. No cabe duda que esos milímetros de holgura de la botavara eran los causantes de la avería que detectamos en la primera noche de travesía y de la que acabábamos de encontrarnos ahora. De las dos, sin duda la más importante era ésta, ya que si llegasen a soltarse completamente los remaches sería muy difícil utilizar eficazmente la vela mayor.

 

            Aunque hubiéramos podido reparar la botavara fuera de puerto, como acabábamos de salir y queríamos evaluar en  profundidad la extensión del daño que acabamos de descubrir, decidimos dar media vuelta y, sin izar vela alguna, volver a nuestro amarre.

 

            Así lo hicimos. Era poco más de la una del mediodía cuando volvimos a amarrar el barco al mismo pantalán que acabábamos de dejar escasamente una hora antes. Esta vez el amarre fue sencillo, ya que el viento era mucho más constante y no tuvimos problema alguno para realizar la maniobra.

 

            Nada más asegurar los cabos nos pusimos manos a la obra. En primer lugar, Miguel quitó los remaches que tenían holgura. Para comprobar la situación, subimos la botavara entre todos (aunque la realidad es que Mario solo se bastaba y sobraba para subir la botavara y los demás lo único que hicimos es poner cara de esfuerzo para no quedar mal). Una vez quitados los remaches defectuosos comprobamos que el material de los remaches que teníamos  no era tan fuerte como el de los que inicialmente tenía el barco y los más grandes eran un poco menos gruesos que los originales. No obstante, la diferencia no era significativa y, además, era poco probable que con la remachadora manual pudiéramos colocar remaches de mayor resistencia.

 

            El hecho de que los tres remaches de cada lado no hubieran sido suficientes para sujetar la botavara en su sitio nos hizo pensar que probablemente necesitaríamos aumentar el número de puntos de sujeción. Para ello tendríamos que hacer algún agujero adicional procurando que estuviera en la misma línea que los anteriores. La duda era cuántos remaches añadir. Al aumentar el número de remaches aumentaríamos la sujeción pero, al mismo tiempo, disminuiríamos la resistencia total de la pieza al ir agujereándola. En el fondo nos temíamos que acabase siendo como el papel de water, con su línea de agujeritos para facilitar un corte limpio. No recuerdo muy bien quién hizo la comparación, pero me vino a la cabeza el chiste que se contaba en mi infancia sobre el mecánico de un avión que para reparar un ala inestable hizo una línea de agujeritos a todo lo largo del ala y al ser preguntado por la causa de tan extraña forma de reforzar el ala contestó que lo hacía basándose en el hecho contrastado por eminentes físicos de que un papel de water nunca se rompe por donde están los agujeritos. No me pareció oportuno contar el chiste ya que la situación era bastante seria y además dudo que lo hubiera hecho bien, ya sabes lo malo que soy contando chistes.

 

Después de alguna discusión decidimos hacer dos agujeros adicionales en cada lado.  La taladradora a pilas funcionó perfectamente y pudimos hacer un orificio en a chapa de la botavara. Mientras la sujetamos en la posición que hubiera debido tener, Miguel introdujo los remaches y presionó el gatillo de la remachadora con fuerza hasta que sonó un chasquido seco y fuerte que restalló a todo lo largo de la botavara y cuya vibración se notaba perfectamente en las manos al sujetarla.

 

            Uno tras otro repusimos los remaches perdidos y tensamos ligeramente el amantillo para mantener la botavara en equilibro. Sabemos que es una solución transitoria, ya que el propio movimiento del barco hará que la botavara oscile, de forma que la tensión sobre los remaches acabará rompiéndolos ineludiblemente. Afortunadamente, tenemos muchos remaches de diversos grosores. Incluso si tenemos que cambiar tres o cuatro todos los días, llegaremos sin problemas hasta Sta. Lucía.

 

            Antes de volver a salir revisamos con el máximo cuidado todas las piezas móviles del barco hasta que nos aseguramos de que no existía ninguna otra defectuosa.

 

            Acabada la comprobación y visto que allí no había nada más que hacer, abrimos cada uno una lata de lo que más nos apeteciera ¾Chevis y yo nos decantamos, como el lógico, por la cerveza, Mario y Miguel por la Pepsi Light¾ y pusimos rumbo al Sur.

 

            Nuevamente iba yo a la rueda del timón y esta vez la maniobra no sufrió interrupción alguna. Al salir del puerto pudimos gozar de una vista excelente sobre la isla de Tenerife. Las montañas de color marrón contrastaban fuertemente con las nubes del fondo y con el cielo azul. Las banderas de los barcos se agitaban despidiéndonos mientras poníamos rumbo al Sur y, lentamente, íbamos saliendo del puerto.

 

A poco menos de una milla de la costa aproamos el barco al viento. Chevis cobraba la driza desde el pie del palo, apoyándose en el balcón, mientras Mario lo hacía desde la bañera, ayudándose con el winche una vez que estuvo suficientemente alta. Aunque había un viento respetable con rachas que sobrepasaban los 20 nudos, decidimos mantener la mayor sin tomar ningún rizo aprovechando que aún era mediodía, dispuestos a llenar de viento nuestras velas y alejarnos rápidamente de la costa apoyados por la corriente de Canarias y por el viento, en dirección al bajo “Endeabour Seamount” que, a unas 240 millas de distancia rumbo Suroeste, era nuestro primer punto de referencia para ir a buscar los alisios. El viento soplaba en la dirección adecuada, ya que nos entraba de NNE, con lo que nos dirigía a nuestro destino en una empopada casi perfecta.

 

            Una vez izada la mayor, largamos la escota al máximo, llevándola por el costado de estribor. Para evitar que una girada brusca provocada por las olas nos hiciera trasluchar, montamos la retenida que había comprado Chevis. No estoy seguro de que la vieras cuando nos ayudaste a armar el barco en Lanzarote. Es bastante sencilla, consta de un mecanismo de freno por el que pasa el cabo cuyos extremos deben pasarse por unas roldanas a cada uno de los costados y que se aseguran a sotavento. Colgamos el mecanismo de freno de una pequeña cornamusa que estaba atornillada a la botavara, e hicimos fuerte el cabo de la retenida en el costado de estribor de manera que si se producía una trasluchada y la botavara impulsada por el viento intentaba cambiar de costado, la retenida amortiguase el movimiento, evitando que pudiera golpear contra el obenque del costado opuesto, produciendo un daño difícil de reparar. Como el sistema ya lo habíamos montado antes de salir, lo único que hicimos es asegurarlo, mientras largamos la génova por el costado de babor, de manera que partimos rumbo al Sur con las velas desplegadas en orejas de burro.

 

            Con tanto trapo y un viento de fresquito a fresco (fuerza 5 a 6) parecíamos volar y la costa de Tenerife se desplazaba a toda velocidad por estribor.

 

            Navegamos turnándonos en la rueda del timón durante aproximadamente una hora. Esta vez sí que era verdad: por fin habíamos salido y ya no había posibilidad de dar marcha atrás. Entre nosotros y nuestro destino no quedaba prácticamente nada. Una vez que dejásemos a nuestra espalda Tenerife y La Gomera, nuestra única posibilidad de llegar a tocar tierra firme antes de llegar a Sta. Lucía, dejando aparte la posibilidad de dar media vuelta y volver a las Islas Canarias, sería desviarnos hacia Cabo Verde, lo que sólo haríamos en caso de extrema necesidad o si se producían calmas que nos obligasen a consumir mucho combustible haciendo peligrar nuestra llegada a destino si no conseguíamos repostar. Pero tal y como soplaba el viento, ésta era la última cosa que nos preocupaba y las previsiones que teníamos nos hacían pensar que la falta de viento no iba a ser nuestro principal problema.

 

            Aunque no lo he comentado, sabíamos que nos esperaba una mar bastante movida y un viento bien fuerte. El parte meteorológico pronosticaba vientos de más de 30 nudos al sur de las islas, soplando del Norte o Noreste al menos durante las próximas 24 horas. Por tanto íbamos preparados para un primer día de navegación bastante intenso.

 

            Antes de que nos diéramos cuenta habían pasado más de 6 horas desde el desayuno. Así que, mientras Chevis llevaba la rueda del timón, Mario y yo bajamos a la cabina para preparar una comida rápida. Primero subimos unos platos de boquerones en vinagre y patatas fritas que acompañamos con vino blanco frío con lo que celebramos el inicio real de nuestra singladura. Mientras nos tomábamos el aperitivo, hicimos una ensalada de tomate y atún y calentamos una cacerola enorme llena de cocido con espinacas que olía a gloria.

 

He de reconocer que mi organismo todavía protesta cuando estoy bajo cubierta realizando cualquier tarea, pese a haber vuelto a tomar las pastillas de escopalamina para evitar el mareo. Por ello no te extrañará que aunque no pasé más de veinte minutos preparando la comida, el hecho es que me sentí un poco incómodo. El barco se movía endemoniadamente, nos entraban las olas por dos direcciones distintas, unas venían en la dirección del viento atacándonos por la aleta de babor, casi por popa y otras parecían rebotar en la costa de Tenerife, entraban entre la aleta y el través por el costado de estribor. La combinación de los dos movimientos hacía que el barco se balancease como un poseso, obligándonos a hacer malabarismos mientras calentábamos los garbanzos. No obstante, todo funcionaba perfectamente, la cocina se adaptaba sin dificultad a los movimientos del barco, manteniendo el fuego siempre horizontal, por lo que el riesgo de accidente era mínimo, ya que sujetábamos firmemente los cazos y sartenes para evitar que puedan caerse.

 

Intentamos navegar con el piloto automático mientras comíamos, pero entre olas cruzadas y el viento de popa, el piloto no conseguía controlar el barco y cada poco tiempo nos daba algún susto. Así que, finalmente, Chevis se pasó la mayor parte del tiempo en la rueda, haciendo malabarismos con la cuchara para conseguir comer algunos garbanzos y tomar un par de sorbos a su vaso de vino.

 

            Los garbanzos estaban excelentes y nos dieron fuerzas y calor para continuar navegando. Después de comer recogimos las cosas y decidimos tomar un rizo para estabilizar el barco y prepararnos para pasar la noche. Conforme caía el sol, el viento parecía aumentar de intensidad y las olas estaban ya coronadas con crestas de espuma blanca. Ocasionalmente alguna de las olas rompía mientras pasaba por debajo del casco aumentando la velocidad y sorprendiéndonos con la helada caricia de un roción de agua fría.

 

            Ya habíamos abandonado la idea de dirigir el barco con el timón automático y nos turnábamos en la rueda del timón, aunque la mayor parte del tiempo era Chevis quien gobernaba el velero.

 

            A las 18:15 GMT llamamos a Elena para dictarle el cuaderno de bitácora. Habíamos navegado solamente unas cuatro horas pero en ellas recorrimos más de 37 millas, lo que supuso una velocidad media de 9,38 nudos, muy superior a lo que podíamos esperar. En el momento de dictar el cuaderno de bitácora a Elena, el viento estaba soplando de NNE, con 24 nudos de intensidad, y comenzaba a hacer frío.

 

            Como te dije anteriormente, al comenzar oficialmente la singladura habíamos decidido instaurar la figura de jefe de día y le había tocado serlo a Miguel que, en broma, propuso como frase para marcar el inicio del viaje un lapidario “os vais a cagar”. Todos habíamos tomado la frase por su lado positivo, pensando en la maravillosa experiencia que íbamos a tener y en lo bien que nos lo íbamos a pasar. Pero mirando a nuestro alrededor mientras anochecía, con un viento fresco que iba creciendo en intensidad, y olas que se elevaban por encima de nuestras cabezas cuando se acercaban por la popa y aparecían en su mayoría recubiertas de espuma blanca, la frase del día cobraba otro cariz. No sé muy bien si fue Mario o Chevis el que comenzó a bromear haciendo juegos de palabras escatológicos que giraban alrededor de la tensión que nos esperaba en las próximas horas pero, a pesar de las bromas, la sensación agradable de haber vuelto a hacernos a la mar y la buena respuesta del velero a los movimientos del timón, nos hicieron recibir con alegría los últimos rayos de sol y entramos en la noche con una sonrisa.

 

            A pesar del viento y de las olas, o quizá gracias a ambos, el anochecer fue hermoso. En el cielo había bastantes nubes que fueron tiñéndose de un color rojo intenso hasta el punto de que el horizonte parecía una sabana en llamas, cruzada por líneas de diversos tonos rojos y amarillos. Hacia el Este, los rayos del sol se perdían en el infinito y reflejaban en alguna nube solitaria que se convertía en una masa de algodón morado con tonos rojizos flotando en un cielo azul claro que lentamente se iba oscureciendo.

 

            Teníamos bastantes cosas que hacer para preparar la noche y por ello quizá no gozamos suficientemente bien del anochecer. Lo recuerdo como un par de imágenes dispersas captadas al subir a cubierta, cuando al echar una mirada alrededor del barco, te sobrecogía la belleza de las luces y las sombras, pero realmente no tuve tiempo para absorber plenamente la brillante explosión de luz que nos deparó el sol antes de ocultarse bajo las olas.

 

            Poco después de hablar con Elena decidimos recoger todo lo que había en la bañera, incluyendo los cojines de los bancos y el free bag, y  asegurarnos de que no quedase ningún objeto suelto en el interior del velero.

 

            Dejamos la mayor con un rizo y recogimos un par de vueltas del génova para no tener un exceso de trapo durante la noche. Apretamos el freno de la retenida para darle aún más estabilidad y ordenamos la cabuyería dispuestos a facilitar cualquier maniobra.

 

            Con la caída del sol la temperatura bajó drásticamente, y aunque no llegamos a mirar los termómetros durante la noche, no me extrañaría que hubiera estado por debajo de los 5ºC. Previendo el frío y el riesgo de cualquier incidente por la noche, decidimos tomar cuantas precauciones pudiéramos.

 

            Yo me coloqué una camiseta y pantalones términos, me puse un forro polar y me cubrí con el traje de aguas dispuesto a aguantar lo que viniera. Siguiendo la sugerencia de Chevis, durante la noche hicimos las guardias atados a la línea de vida y con el chaleco salvavidas para evitar que pudiéramos caernos fuera del barco y facilitar izarnos en el caso de que, a pesar de las precauciones, nos cayéramos.

 

            La verdad es que no es nada cómodo moverse con tanta ropa y con el arnés sujeto por un mosquetón a la línea de vida. Pero lo que realmente es pesadísimo es llevar el chaleco salvavidas. De hecho, tanto Miguel como Chevis decidieron prescindir de él poco después de empezar la noche, dado que tampoco era previsible que tuviésemos una tormenta. Mario y yo, menos acostumbrados al barco y un poco más timoratos, decidimos mantenernos con el chaleco puesto toda la noche aunque ello fuera algo más incómodo.

 

            Como estaba claro que no era posible dirigir el barco con el piloto automático, decidimos acortar las guardias y hacerlas de una hora de duración, permaneciendo el que salía de la guardia en cubierta, despierto, para ayudar con los cabos y las velas si era necesario maniobrar.

 

            En cuanto anocheció el viento subió de intensidad acercándose a los 30 nudos, con mar gruesa y abundantes rociones que empapaban la bañera cada pocos minutos.

 

            Se veían pocas estrellas en el cielo pese a que aún no había salido la luna, pero la capa de nubes se había ido haciendo más compacta con el paso de las horas.

 

            A lo lejos, por estribor, se veían las luces de la isla de La Gomera y, ya más cerrada la noche, pudimos ver las luces de Hierro. En la dirección de La Gomera nos entraba un tren de olas que hacían la navegación bastante incómoda, desequilibrando el barco y aumentando con ello el riesgo de trasluchar.

 

            Al caer la noche se agudizó la división de tareas. Chevis se pasó prácticamente todo el atardecer y las primeras horas de oscuridad a la rueda del timón, con gesto serio y concentrado en la navegación. Sólo abandonó la rueda un par de veces para bajar a la mesa de cartas y comprobar la posición en relación con las luces que veíamos de La Gomera y, posteriormente, de Hierro.

 

            Los demás intentábamos colaborar lo mejor posible ofreciéndonos voluntarios para cualquier tarea, real o imaginaria. Tengo la sensación de que en cierto modo nos veíamos afectados por la expectación del momento.  De una parte, por fin habíamos comenzado la singladura después de haber soportado un par de sustos. Aunque habíamos conseguido arreglar la botavara, imagino que ninguno de nosotros podía dejar de pensar en los inconvenientes que nos esperaban si la botavara se rompía definitivamente. Y si alguno se olvidaba por un instante de ello, el sonido de la génova al flamear cuando orzábamos o los movimientos de la mayor al arrumbar eran motivo suficiente para que nos acordásemos inmediatamente del estado relativamente precario en que se encontraba nuestro aparejo. No obstante, nadie hizo comentario alguno al respecto. Chevis estuvo más capitán que nunca, concentrado y serio, pero dando seguridad a los que, como yo, estábamos menos acostumbrados al mar. Miguel también estaba centrado en la navegación, ayudando a Chevis, cogiendo de vez en cuando la rueda del timón para permitirle bajar a mirar la carta o relajarse un rato, y taimando el aparejo cuando lo consideraba necesario. Mario y yo procurábamos ayudar en todo lo que podíamos, más cercanos a la intendencia que a lo estrictamente marinero. Así, después de prepararnos para pasar la noche y revisar que todo estuviera en orden, y ante el hecho evidente de que iba a ser imposible cocinar para cenar, Mario y yo preparamos una buena cantidad de pequeños bocadillos que pudieran comerse sin dificultad mientras estábamos a la rueda del timón.

 

            Habíamos decidido empezar las guardias a las 10 de la noche, de forma que cada uno tuviera dos horas de descanso efectivas en su litera y una hora algo más relajada en cubierta sin tener que encargarse de la rueda del timón. Desde el primer momento fue evidente que no íbamos a cumplir lo proyectado. A las 10 de la noche nadie se marchó a dormir. Chevis seguía aferrado a la rueda del timón, procurando evitar las trasluchadas.

 

Serían poco más de las 11 de la noche cuando levantó nuestra popa una ola más grande que las habituales. Conforme entraba, Chevis fue corrigiendo ligeramente hacía estribor para contrarrestar la orzada que sin duda se produciría poco después. Al llegar la ola a nuestra proa, el barco se inclinó como si estuviera subiendo una colina y sentí con toda intensidad la sensación de que el barco se estaba cayendo hacia atrás como un coche sin freno que se deslizase por una empinada cuesta. Es una sensación extraña, va contra la lógica y parece desafiar cualquier principio físico, aún ahora sigue sorprendiéndome esta extraña ilusión óptica.

 

No duró mucho esta sensación porque nada más pasar la ola y mientras aún estábamos recuperando el rumbo después de la ligera orzada, otra ola, quizás más grande que la anterior, atacó al casco del barco, esta vez por sotavento. Nada pudo hacer Chevis para anticiparse a la arribada que provocó esta ola. Al pillarnos recuperándonos de la orzada que provocó la ola que nos había entrado por barlovento, el efecto fue desastroso. Al arribar el barco, la mayor perdió viento aparente hasta que finalmente lo volvió a coger pero, esta vez, por el plano de proa. Como un animal herido por la picadura de una serpiente venenosa, la mayor se tensó por la fuerza del viento, golpeando con intensidad sobre la retenida. Durante unos instantes el espectáculo fue sorprendente. El barco estaba ligeramente escorado hacia el costado de babor, en el que se encontraba largada la génova, mientras la mayor estaba sujeta por la retenida en el costado de estribor. Con la arribada el viento había cambiado de amura y nos entraba también por estribor, si la retenida no aguantase se produciría una violenta trasluchada, con el riesgo de que la botavara girase con brusquedad sobre el eje del palo golpeando en los obenques del costado de babor, lo que, además de producir daños en el palo y en los propios obenques, podría tener un efecto muy negativo sobre nuestra delicada botavara.

 

Afortunadamente, la retenida funcionó perfectamente. Una retenida tradicional hubiera mantenido inmóvil la botavara hasta que se hubiera roto algo, salvo que hubiéramos podido largarla rápidamente, antes de que se rompiera nada, pero con cuidado para evitar que golpease contra los obenques. Al ser una retenida con freno, la botavara comenzó a girar lentamente hacia babor, oponiéndose el mecanismo de la retenida a la tensión enorme que provocaba el viento sobre la vela mayor. En unas décimas de segundo, que nos parecieron minutos, la botavara pasó por encima de la bañera, colocándose al costado de babor. Mientras esto sucedía, Mario, Miguel y yo fuimos corriendo, con la cabeza lo más baja posible, a intentar cobrar la escota de estribor para largarla poco a poco de forma que si el mecanismo de la retenida no fuera suficientemente eficaz, evitásemos que la botavara pudiera llegar a golpear el obenque de babor.  A lo largo del giro de 180º la retenida funcionó perfectamente con un movimiento relativamente suave. Todo lo suave que puede ser oponer resistencia a la fuerza impresionante del viento sobre la vela.

 

Una vez que la mayor cambió de costado, la génova se desventó casi totalmente y el barco tenía tendencia a orzar hacía la nueva dirección por la que nos entraba el viento. Cobramos con ayuda del winche la escota de la mayor, asegurándonos que el carro estaba en el centro preparándonos para recuperar el rumbo con una nueva trasluchada, esta vez controlada, que realizamos sin ninguna dificultad. A partir de este momento decidimos evitar la popa cerrada, cayendo unos grados al Sur, lo que hizo que el viento nos entrara por la aleta de babor. Era preferible orzar a volver a correr el riesgo de la trasluchada.

 

Con vistas a prepararnos para la navegación nocturna teniendo en cuenta que la experiencia de Miguel, Mario o mía en este tipo de circunstancias era muy reducida, estuvimos haciendo pruebas turnándonos en el manejo del timón. Como he dicho, evitábamos ya la popa cerrada, lo que desviaba ligeramente nuestro rumbo hacia el Sur, pero los 10 ó 15 grados de diferencia carecían de toda importancia.

 

No es fácil que te hagas a la idea de cómo era navegar en estas condiciones. No tiene nada que ver con la empopada que tuvimos subiendo por la costa alicantina cuando probábamos nuestro primer Gib Sea 43. En aquella ocasión el viento era bastante suave, no llegaría a 15 nudos, y no había muchas olas. En estas circunstancias el barco se desplazaba con un balanceo muy ligero y agradable. Sin embargo, cuando el viento empieza a arreciar y pasa de los 20 nudos, la situación cambia drásticamente. Anoche tuvimos vientos de una gran intensidad, llegando a marcar en el anemómetro hasta 35 nudos, en la escala Beaufort, ello supone un temporal de fuerza 8. Durante el atardecer el viento fue fresco (fuerza 6, entre 22 y 27 nudos), alcanzando el máximo aproximadamente a las 2 de la madrugada. Poco después de las cuatro el viento empezó a refrescar lentamente, volviendo a alcanzar los 20 ó 22 nudos al amanecer.

 

Con vientos de esa intensidad es muy difícil manejar el timón. El barco está muy poco sujeto al rumbo y reacciona poco a los movimientos de la rueda. Habíamos reducido sustancialmente el trapo y pese a ello alcanzamos velocidades que yo no había logrado en ningún otro velero. En un momento en que planeamos sobre una ola, alcanzamos los 13,6 nudos de velocidad. La adrenalina nos emborrachaba y cuando nos dimos cuenta de la velocidad a la que navegábamos, en vez de asustarnos, lo celebramos ruidosamente, mientras chocábamos nuestras palmas en el aire, en medio de la oscuridad casi absoluta de la noche, iluminados exclusivamente por la luz rojiza del compás sobre la bitácora.

 

Los dos riesgos de la empopada son la orzada y la trasluchada. Al orzar, la proa del barco se dirige en la misma dirección del viento, lo que provoca que el velero escore, pudiendo inclinarse mucho, de forma que parece que el agua va a entrar por la borda del costado de sotavento. Inmediatamente después se produce una contra-escora, oscilando el barco en la dirección contraria mientras se profundiza el cambio de rumbo en la dirección del viento. Este vaivén provoca que la génova (o el spi, si lo hubiéramos llevado), pierda viento aparente, comenzando a flamear. Aunque el barco pierde velocidad y el flameo de la génova es bastante escandaloso, la orzada como tal no entraña un gran peligro. Peor es el riesgo de arribar, ya que en este caso, al desplazarse la proa del barco en la dirección contraria a la del viento, es fácil que el barco traspase la línea que marca la dirección del viento y éste comience a entrar a la vela mayor por proa, provocando una trasluchada como la que acabábamos de tener. En general, si teníamos que elegir era preferible orzar a trasluchar.

 

Desde mi punto de vista, el mayor problema que teníamos manejando la rueda del timón venía dado por las olas. Cuando una ola alta entra por barlovento, el barco tiene tendencia a orzar y es necesario anticiparse ligeramente a este movimiento, haciendo que el barco arribe conforme se acerca la ola para que su propia presión nos devuelva el rumbo. Por el contrario, cuando una ola te ataca por sotavento, el barco tiene tendencia a arribar, produciendo el riesgo de trasluchada. Para evitarlo debes anticiparte orzando ligeramente, de forma que la presión de la ola vuelta a colocarte a rumbo. Este continuo anticiparse, apuntar y rectificar el rumbo, te obliga a mantener una atención constante sobre el timón, que debe manejarse con mucha suavidad en casi todo momento aunque con mucha fuerza cuando la ola intenta sacarte de rumbo. La alternancia entre momentos de tensión y momentos de relajación y la necesidad de estar constantemente atento a las pequeñas vibraciones del timón que anticipan la llegada de las olas, hacen la misión del  timonel difícil y muy cansada.

 

Mi primera guardia la tuve poco antes de media noche. No llegué a estar una hora en el timón ya que Miguel lo cogió antes de que llegase su turno, sin que yo por una vez discutiera su oferta. Siempre me ha gustado llevar el timón y, además, está claro que cada uno debe hacer frente a sus obligaciones y me tocaba a mí llevarlo pero, no obstante, cuando Miguel se ofreció a tomarlo antes de hora no dudé un instante ya que él es mucho mejor piloto que yo y la verdad es que los 45 minutos que estuve controlando la rueda fueron agotadores.

 

Para mí el mayor problema no es tanto anticiparse a los movimientos de las olas o manejar el timón con la requerida suavidad y firmeza sino mantener la atención constante durante todos y cada uno de los segundos que dura tu guardia.

 

En realidad, gobernar el barco,  incluso con viento frescachón o con temporal, es una sensación muy excitante. Estás de pie, detrás de la rueda, con las dos manos sobre ella sintiendo los pequeños movimientos del timón, mientras el viento te abraza por la espalda y te refresca el cuello, mirando hacia el horizonte negro, en el que apenas se vislumbra el caso del barco, y en el que destacan las líneas de espuma blanca que forman las olas. Te sientes como un nuevo Capitán Akab que estuviera buscando a Mobby Dick y no te cuesta imaginar lo que debieron sentir los tripulantes de las carabelas de Colón o los inmigrantes canarios que, poco después de la guerra civil, cruzaron en pequeñas embarcaciones en dirección a Venezuela. Es fácil dejarse llevar por la intensidad del momento y es ahí precisamente donde estriba el peligro para mí. Tengo tanta facilidad para empezar a fabular historias y dejarme llevar por mi fantasía que pierdo la concentración por unos segundos. Y unos segundos es una inmensidad navegando en estas circunstancias. En cuanto pierdes la concentración unos instantes, bastan un par de olas para salirte de rumbo. Si hay suerte y las olas han entrado por barlovento, normalmente podrás rectificar a tiempo y sólo habrás perdido una punta de velocidad, aunque muy probablemente habrás despertado a toda la tripulación con el flamear de la génova. Pero si las olas han entrado por sotavento, lo más normal es que hayas arribado perdiendo el margen de 10 ó 15 grados de seguridad que mantenías para evitar las trasluchadas. Una vez que la ola ha comenzado a llevarte es prácticamente inútil intentar recuperar el rumbo con la rueda del timón. El barco no responde por mucha fuerza que hagas y durante un instante estás sin gobierno y viendo venir el desastre. Mis primeros 45 minutos de timonel bajo el temporal trasluché dos veces, volviendo a funcionar perfectamente la retenida y sin más inconveniente que el derivado de tener que realizar la maniobra de cambiar la botavara de banda con la ayuda exclusiva de Miguel. Pero después de la primera trasluchada no le permití lujo alguno a mi imaginación. Intenté tensar al máximo las riendas de mis conexiones neuronales enfocando toda mi atención en la rueda del timón, cambios de viento y, sobre todo, en la dirección de las olas. En teoría, no había más que dos trenes de olas, uno que nos entraba ligeramente por la aleta de babor, a barlovento, que es el que provocaba precisamente el viento que nos portaba y otro que entraba intermitentemente, por la aleta de estribor, casi de través, a sotavento que, probablemente se había originado al embolsarse el viento entre Tenerife y La Gomera o entre La Gomera y Hierro. Este segundo era el causante de todas las trasluchadas. No obstante, a mí me parecía que las olas habían enloquecido y venían de todas direcciones. Era muy difícil predecirlas hasta unos instantes antes de que llegasen. Las notabas como un ligero vaivén que compensabas con los músculos de tus piernas y, a su vez, con una mayor tensión sobre la pala del timón. Tenías que darte cuenta muy rápidamente, si no, ya era demasiado tarde. En teoría, las olas tendrían unos cuatro metros de altura pero cada vez que lanzaba mi mirada hacia estribor o intentaba mirar hacia atrás, las veía como  montañas inmensas, dispuestas a hacer caer sobre nosotros una avalancha oscura que parecía tener la consistencia del basalto. Tenía la sensación de ser un minero metido en una mina de carbón, iluminado débilmente por el resplandor de una lámpara rojiza, esperando que en cualquier momento se desplome alguna de las vigas que sujeta el techo y caiga sobre su cabeza una avalancha de carbón negro que oculte definitivamente sus temores.

 

Cuando Miguel tomó el timón la navegación mejoró sustancialmente. Aunque Mario y yo mismo hemos aprendido mucho en estas últimas veinticuatro horas, todavía se nota una sustancial diferencia cuando el barco lo lleva Chevís, que parece estar perfectamente compenetrado con el viento y se anticipa a las olas con una facilidad que parece paranormal, o cuando lo lleva Miguel, que lo maneja con mano dura cuando el barco intenta cambiar de rumbo y suave en los demás momentos, con esa facilidad que sólo dan los años de experiencia. Cogí mi puesto en la bañera, mientras Miguel pilotaba y me pude fijar con más detalle en el ambiente que nos circundaba.

 

La noche no era tan oscura como me había parecido sometido a la tensión de llevar el timón. Aunque aún faltaban algunas horas para que saliese la luna, en el cielo había bastantes espacios no cubiertos por las nubes que permitían ver las estrellas, volviéndose a repetir el efecto que ya te describí en la singladura entre Lanzarote y Tenerife. El cielo tenía diversas intensidades de negrura, siendo las nubes como enormes monstruos mitológicos que hubieran devorado a las estrellas. Tanto la intensidad del viento como el movimiento del barco y la tensión del momento no permitían realmente buscar constelaciones  o intentar gozar del panorama. No obstante, he de reconocerte que la fuerza del paisaje nocturno era impresionante. Sentado en la bañera, mientras Miguel llevaba el timón, me daba cuenta del poderío impresionante de la naturaleza. Estábamos allí metidos en un cascarón que cabría perfectamente en el interior de cualquiera de las olas que nos adelantaban de popa a proa o nos traspasaban de estribor a babor según vinieran. Alrededor del casco el agua parecía estar en continua ebullición. Cuando pasaba la ola quedaba alrededor del barco una espuma ligera, como de cerveza, que se iba haciendo paulatinamente menos densa, dejando huecos oscuros entre sus hilos, que tenían la apariencia de celdas irregulares de cuatro o cinco lados, como si hubieran sido hechas por un enjambre de abejas locas. La estela del barco a nuestra popa era un hervidero de gotitas de espuma saltarinas rodeando los puntos de luz brillante que dejaban las noctilucas, y en cuanto se acercaba otra ola, la aparente calma de aquel lecho de espuma se rompía en mil pedazos, convirtiéndose en un caldero en ebullición mientras la ola zarandeaba el barco. Pero lo más hermoso era mirar a lo lejos. Si estabas en lo alto de una ola veías entre las sombras las ondulaciones de las olas que se acercaban y el brillo acerado de la espuma coronando sus crestas. Al llegar la ola pasabas,  sin solución de continuidad, de la escasa sensación de profundidad que daba la oscuridad de la noche, a enfrentarte a una pared vertical de carbón avanzando hacia ti a toda velocidad.

 

Pero realmente no tuve tiempo para la contemplación. Cada poco tiempo comprobaba el taimado de las velas y tenía que estar muy atento a las necesidades de la navegación. Incluso la pericia de Miguel no pudo evitar que el barco trasluchase en una ocasión. Después de Miguel tomó el timón Chevis y, poco después, Mario. Yo me bajé a mi camarote para intentar dormir durante un par de horas.

 

En realidad se estaba mejor fuera que dentro de mi camarote. Metido en la litera, con el barco escorando y contra-escorando en todo momento, pasé todo el rato intentando dormir encima del casco del barco, mientras me  agarraba a la red de protección sin llegar a estar realmente tumbado encima de la litera. En principio me acosté con bastante ropa pensando que haría frío pero, como todas las escotillas estaban cerradas, el camarote se convirtió en un pequeño horno, por lo que tuve que quitarme casi toda la ropa. A la velocidad que íbamos, dentro del camarote el ruido del agua deslizándose sobre el casco era intensísimo, cada vez que el barco orzaba ligeramente y trapeaba la génova parecía como si una ametralladora estuviese enviando balas contra el casco del barco agujereándolo, y eso que la escota de la génova pasaba por el costado de babor y no por el de estribor, que es donde estaba mi camarote. Prácticamente no pude dormir nada, y al cabo de poco más de una hora de dar vueltas en mi litera, sudando como un pollo, decidí que mejor estaría fuera y que quizá pudiese ayudar algo. Así que me volví a vestir,  me coloqué el arnés y subí a la bañera, donde estaban Mario en el timón y Chevis de retén y, donde poco más tarde, se nos incorporó Miguel que tampoco había podido dormir mucho.

 

Así se nos fue pasando la noche, con algún que otro ocasional mordisco a los bocadillos, o a las galletas de chocolate los más golosos, y observando el mar a nuestro alrededor aprovechando que la luna había salido y, aunque estaba velada por las nubes, aumentó la claridad enormemente.

 

Ya con luna tuve un segundo turno a la rueda del timón y fue más fácil de llevar, probablemente porque había bajado la intensidad del viento, aunque seguía superando los 24 nudos.

 

Al comenzar a amanecer me sentía completamente agotado. Creo que en ningún momento de la noche llegué a tener realmente miedo y, por los comentarios de los demás, creo que ellos tampoco lo tuvieron. Creo que la sensación predominante fue la de tensión y cansancio. Las últimas doce horas de navegación, desde poco después de hablar con Elena hasta el amanecer, fueron enormemente intensas. Durante este tiempo todos habíamos estado centrados en la navegación, preocupados por conseguir que no hubiera ningún inconveniente. En ningún momento pensamos que los inconvenientes podrían provocar situaciones de riesgo o crear problemas irresolubles. Se trataba simplemente de asegurar que llevábamos el barco correctamente, de forma que no acrecentásemos por nuestra impericia los peligros de la navegación y mantuviéramos el barco en perfecto estado para continuar nuestro viaje a Sta. Lucía. Esta tensión nerviosa y el cansancio que producía fueron el único elemento negativo de la noche. Recuerdo que al acabar mi segunda guardia me asaltó una sensación indefinida que podría expresarse en estos términos: “como siga así todo el viaje no sé dónde va a estar la diversión”. Era una muda queja por la tensión de la noche y por el cansancio.

 

Ahora, sentado en la bañera, calentado por el sol y por los efluvios del armagnac no me cuesta comprender este sentimiento. Cuando soñaba con la travesía atlántica, imaginaba que habría momentos de tensión como los que hemos tenido esta noche, pero imaginaba también que casi todo el viaje sería similar al momento actual: relativa tranquilidad, tiempo para pensar y escribir, y una sensación de pereza y relajación de la que dejarse llevar de vez en cuando y a la que oponerse en otras ocasiones para realizar alguna que otra tarea.  Por primera vez, durante esta noche, pensé que la historia podía no ser como me ha había imaginado y que los momentos de tensión podrían convertirse en la tónica general. Me acordaba de un relato corto de Conrad, cuyo nombre ya he olvidado, en el que un joven oficial se enrola en un vetusto carguero que llevaba carbón desde Inglaterra hacia algún puerto en Asia. En él se narra una épica travesía, durante la cual el agua entra a raudales en el interior del barco, zarandeado cruelmente por las olas, el viento y la lluvia causada por las enormes tormentas que les atacaron en el Atlántico. Con la maestría de Conrad al leerlo podía vivirse la angustia de la tripulación y, sobre todo, el terrible cansancio acumulado tras varios días sin dormir, con la ropa mojada, achicando agua con las bombas manuales (me parece recordar que cuando pasaron las tormentas descubrieron que parte del carbón se estaba quemando en el interior de las bodegas y volvieron a estar día y noche manejando las bombas de achique, esta vez para meter agua para apagar el fuego. Me acuerdo perfectamente de mis sensaciones al leer la descripción de las grandes tempestades marítimas y, sobre todo, al sentir el agotamiento de la tripulación convertida en un grupo de autómatas cuya única función era, accionar en todo momento las bombas de achique, con la ropa húmeda, sin poder tomar comida caliente, hasta llegar al límite de sus fuerzas. Como ves, me resulta fácil ponerme dramático. La narración de Conrad nada tiene que ver con lo que hemos vivido. Nosotros hemos estado simplemente una noche con un viento algo más fuerte de lo que esperábamos. Aunque no hayamos dormido mucho, no ha pasado nada preocupante, pero hay que ponerle un poco de dramatismo a las cosas, si no esta narración sería muy aburrida.

 

El alba nos pareció muy hermosa. Cuando el sol comenzó a levantarse sobre el horizonte habían desaparecido casi todas las nubes, por lo que el cielo se tiñó de azul en cuanto los rayos del sol, aún oculto por el mar, lo iluminaron.

 

Estábamos cansados pero razonablemente satisfechos. Durante la noche, un pez volador había caído sobre el barco, cerca de la bañera. Ya estaba bastante seco y había perdido el color azul metalizado que les caracteriza cuando acaban de salir del agua. No obstante, Chevis lo cogió y empezó a jugar con él dispuesto, según decía, a tomar un buen desayuno de pescado, y efectivamente, se acabó comiendo un par de bocaditos de sushi de pez volador que realmente no tenían un aspecto muy agradable, pero la broma sirvió de excusa para que nos riéramos a su costa y recuperásemos el buen humor.

 

No estaba la mañana como para hacer desayunos sofisticados, así que calentamos agua y cada uno tomó lo que más le apeteció sin preparar nada especial. Como es lógico, Mario se preparó un buen termo de mate mientras los demás nos tomábamos un café instantáneo y abundantes magdalenas de las que compramos siguiendo las indicaciones de Miguel. No sé si te he dicho que Miguel se empeñó en comprar cinco grandes cajas de magdalenas. Chevis opinaba que jamás seríamos capaces de comernos tantas magdalenas durante el viaje. A juzgar por lo que ha pasado esta noche, y por este desayuno, creo que la apuesta la va a ganar Miguel, porque ya casi ha caído una caja de magdalenas y acabamos de salir.

 

Poco después de amanecer comprobamos el estado de la botavara, la noche había sido muy movida y nos temíamos que nuestros arreglos hubieran podido resentirse. Desgraciadamente comprobamos que nuestros temores tenían fundamento. Uno de los remaches del costado de babor había saltado y otros dos remaches, uno en cada costado, parecían estar sueltos. Decidimos aprovechar que la fuerza del viento había amainado considerablemente y que el sol nos había permitido quitarnos los trajes de agua y la mayor parte de la ropa  para ponernos a la capa y arreglar la botavara. Aunque es una estupidez, he de reconocer que la maniobra de ponerse a la capa siempre me ha gustado. Resulta tan sorprendente ver como el barco se mantiene estable en medio de un mar en movimiento con el viento entrando por el lado equivocado de la vela, que no deja de sorprenderme cada vez que la realizamos. En esta posición fue muy fácil quitar los remaches que estaban sueltos y sustituirlos por unos nuevos. Al hacerlo, todos tuvimos la sensación de que esta maniobra la íbamos a tener que repetir muchas veces en el viaje.

 

Una vez que cambiamos los remaches decidimos aprovechar que teníamos bastante viento para navegar exclusivamente con la génova, lo que pensamos hacer al menos durante unas horas, hasta que recobremos fuerzas y nos decidamos a izar el gennaker.

 

Después de la maniobra, Chevis y Mario se echaron a dormir un par de horas y mientras tanto yo me dediqué a echar unas líneas de pesca. La caña la hemos puesto en un porta-cañas, de forma que sobresalga por el costado de estribor. La aparejé con un señuelo naranja con profundizador que hace que se hunda hasta unos siete u ocho metros de profundidad y lo lancé con muchísima línea. Por el costado de babor lancé un señuelo de doce centímetros con unos cincuenta o sesenta metros de línea y por el centro del espejo de popa lancé un calamar con un poco menos de línea a la que lastré con unos plomos para que navegase a un par de metros de profundidad.

 

El velero impulsado exclusivamente por la génova llevaba un rumbo relativamente estable y dado que el viento se había estabilizado en unos 15-17 nudos, se podía funcionar con el piloto automático. El único inconveniente de avanzar con la génova sólo es que el velero tiene una cierta tendencia a orzar, lo que teniendo en cuenta que las olas seguían siendo inestables y venían por rumbos distintos provocaba algún que otro susto. Habría sido fácil evitarlo llevando la rueda manualmente pero después de la noche que habíamos pasado era un placer estar tranquilos en cubierta sin tener que preocuparse por el timón. Así aproveché el rato para poner en orden los señuelos y preparar los aparejos de pesca para el resto de la travesía.

 

En un momento, no estoy muy seguro de lo que pasó, pudo ser que hubiera una racha de viento o, más probablemente, una ola atravesada, el hecho fue que el barco escoró bruscamente y tardamos unos segundos en volver a recuperar el rumbo. En el proceso había podido ver como se cruzaban las líneas y aunque iban a distintas alturas decidí comprobar si se había producido o no algún problema. Desgraciadamente, mi impresión había sido correcta. Al llevar tres líneas, ser las olas tan altas y llevar un rumbo no completamente estable, se habían cruzado las líneas en algún momento y los tres extremos se habían enredado completamente. Conseguí salvar la línea central y recuperar los señuelos aunque tuve que tirar varios centenares de metros de las líneas que habían quedado inservibles. Ello también me obligó a vaciar el carrete de la caña, ya que no quería que hubiera nudos que pudieran enredarse al intentar sacar un pez.

 

Sacar las líneas, desenredar lo que pude de los sedales, recuperar los señuelos y volver a poner en orden el aparejo me costó algo más de una hora y cuando acabé no tenía muchas ganas de seguir pescando.

 

Cuando estaba recogiéndolo todo subió Mario, relajado después de dormir su siesta mañanera y le apeteció lanzar una línea, así que hemos dejado una única línea, la del costado de babor, en la que hemos puesto un pulpo grande y un profundizador mediano esperando que caiga algo, aunque hasta ahora no hemos tenido suerte.

 

Una vez lanzada la línea de Mario me decidí a bajar al camarote y dormir un par de horas que me vinieron de perlas.

 

Mientras estaba durmiendo el viento roló hacia el ENE, lo que permitió ganar unos grados, corrigiendo nuestro rumbo un poco más al Este, mientras recibíamos el viento por la aleta de babor, casi en empopada. Con la génova el barco está haciendo algo más de 6 nudos aprovechando que el viento real rara vez baja de los 15 nudos. Nuestro piloto automático, al que hemos decidido llamar Airán (nombre del dios guanche de la lluvia, según nos han dicho, aunque no lo hemos podido comprobar), se ha hecho por completo con las riendas del velero, con este viento y a esta velocidad lo gobierna con suavidad y sin movimientos bruscos. El barco va muy estable con un movimiento de vaivén muy soportable. Hemos seguido tomando las pastillas de escopolamina y yo creo que seguiré por lo menos hasta mañana, pero realmente pienso que es posible que ya no las necesitemos.

 

Entre una cosa y otra se había hecho ya la hora de comer y decidí a preparar el plato estrella de las Islas Canarias, cuya receta nos dio Andrés en Lanzarote. Así que bajé a la cocina, saqué un par de kilos de papas pequeñas, las puse a cocer con agua de mar a la que le añadí sal en cantidad suficiente como para que flotasen. Las fui dando vueltas mientras se cocían hasta que estuvieron suficientemente blandas por dentro sin perder su consistencia. Después les quité el agua agitándolas un rato para que se arrugase la piel. Al intentar quitarles el agua el barco tuvo un balanceo brusco y me rocé el antebrazo con la cacerola caliente. Me ha salido una pequeña ampolla en el antebrazo que tiene un aspecto más impresionante de lo que es en realidad. En la práctica no me molesta casi nada aunque está en un sitio que roza con facilidad con lo que tendré que tener cuidado para que no se me quite la ampolla. Como ves, sigo siendo un poco manazas, aunque creo que cada vez soy capaz de moverme con más facilidad por el barco sin irme dando golpes con todas las cosas y provocar accidentes.

 

Tomamos las papas con el mojo verde y el mojo picón que nos había dado Modesto, el camarero del Restaurante Puerto Bahía en el Puerto del Carmen, donde estuvimos cenando la última noche que estuviste con nosotros. Fue un éxito total. No conseguimos acabarlas a pesar de que sólo comimos eso y una ensalada de aguacates que hizo Mario auténticamente deliciosa. Ha sido una comida muy agradable. Aparte de que estuvieran buenas, creo que la clave del éxito ha sido que estábamos todos descansados después de haber dormido unas horas, el día no puede ser más bonito y los temores que nos había ocasionado una noche tan movida se han disipado prácticamente por completo.

 

Después de comer y recoger hemos decidido quedarnos dormitando, unos en los camarotes y otros aquí arriba y yo me he puesto a escribirte esta crónica que me está saliendo algo más larga de lo que pretendía, pero es que realmente el día ha sido rico en emociones.

 

Te dejo porque ya se ha acercado la hora en que tenemos que llamar a Elena a dictarle el cuaderno de bitácora del día de hoy y enterarnos de qué es lo que ha pasado en nuestras casas.

 

 


 

4 de noviembre de 2002

 

Hora: 00:30 GMT

Posición estimada:

Viento aparente:

Distancia total navegada (corredera):

Distancia a destino (GPS):

 

 

 

Querido Alfonso:

 

Estoy haciendo la primera guardia del día 4 de noviembre. El día ha estado nublado y ha soplado un viento muy constante de levante que se ha ido haciendo cada vez más cálido.

 

Al caer la noche parece como si hubieran corrido los cortinajes de las nubes, dejando que aparezca el cielo en toda su inmensidad. Millares de estrellas titilan por encima de mi cabeza y se balancean al ritmo lento y cadencioso que imprimen las olas sobre mi barco. Es tan hermoso que casi hace daño. Es tan hermoso que es casi un pecado dormir. Quisiera que mi guardia durase eternamente y dejarme llevar por el susurro de las olas y el sordo silbido del viento hacia ese punto oscuro al que enfoca mi proa.

 

En una  noche así quisiera ser poeta y ser capaz de expresar con mis versos lo pequeño y lo grande que me siento.

 

Una ola algo mayor que sus hermanas acaba de romper debajo del casco y la espuma ha formado sobre la superficie oscura del mar un encaje blanco con puntitos de luz a sus costados. Si no supiera que el mar puede ser terrible, quisiera hacerme uno con las olas. Si no supiera que el mar estaba aquí antes de que yo lo conociese y seguirá aquí cuando yo ya no sea ni siquiera un recuerdo, pensaría que el mar, las estrellas, el cielo, el viento, han sido creados para que yo pudiera gozar de este momento, y si estuvieras aquí conmigo, Alfonso, estarías sentado o tumbado como lo está Miguel en el otro banco, paladeando en silencio la grandeza del momento y yo seguiría hablando como en susurros contándome a mí mismo lo que siento y probablemente nunca nos sintiéramos mas unidos.

 

Es curioso cómo seda la distancia, es curioso cómo centra lo infinito. Aquí, reclinado en medio de la nada voy notando como el mar lima las aristas del pasado. Desde aquí parecen fútiles mis angustias cotidianas. No sé si mi vida volverá a ser la misma cuando vuelva, pero tengo la sensación de que no será así. Me cuesta enormemente imaginarme dedicando nuevamente la mayor parte de mi energía a mis clientes, a los asuntos del despacho. Clientes, despacho, profesión y logro, parecen tan poca cosa frente a la inmensidad que me rodea que pienso que tendré que reencontrar mi centro para no girar en el vacío.

 

Hace unos momentos hablaba con Jana y mi hija Alba por teléfono. Sus palabras aún resuenan en mis oídos. ¡Cómo se agudiza el amor con la distancia! ¡Cómo la inmensidad del océano aumenta las dimensiones de lo importante y disminuye las de lo cotidiano!

 

Hay un sitio para el amor aquí, en el centro de la nada, y el amor se manifiesta en infinitas presencias, energía que une lo distante y de la que surge la riqueza de la vida. ¿Qué son, en suma, el amor o la amistad sino la fuerza atractiva que nos permite integrar la diversidad del mundo? La fuerza que cohesiona las aguas del mar, la fuerza que moviliza los vientos, la fuerza salvaje e infinita de que se nutren las estrellas, energía que surgiendo de algún lugar en mis neuronas me acerca a mis amigos, me acerca a las personas amadas, haciendo irrelevante la distancia, y me permite sumergirme un poco más en mí mismo sin que al hacerlo me empobrezca, me permite bucear en las mil facetas contradictorias de esos millones de seres que configuran lo que llamo yo, reconociéndome un poco en cada una de ellas sin que ninguna corresponda exactamente a lo que espero encontrar cuando me miro.

 

Me siento algo infantil con este planteamiento orientalista tan de los años sesenta, pero siempre he convivido con la sensación de que me configuran una diversidad de yoes de diversas edades, sexo y características que han aparecido y aparecen en los momentos más inesperados de mi vida.  Figuras discordantes que rompen mi imagen de mi mismo y me obligan a replantearme el personaje que he aprendido a representar.  Llamar amor al hilo conductor que me da vida quizá carezca de sentido, pero sea cual sea el nombre que le demos, siento que esa fuerza que me permite quererme aunque a veces ni siquiera me reconozca en el espejo, es semejante a la fuerza que da sentido a la noche, cuajada de estrellas, y al mar, pletórico de vida, rebosante de muerte. La indefinible sensación que me embarga al pensar en mis hijas, al repetir en voz baja las últimas palabras de Jana, o al recordar a mis padres como eran cuando aún yo era fundamentalmente hijo, está hermanada con lo que siento ahora al dejar que mis ojos, miopes y débiles, se pierdan entre constelaciones desconocidas. Mezcla de euforia y añoranza, de placidez y nerviosismo, de anticipación y espera, ¿será tal vez que el efluvio de la noche ha excavado un túnel en el tiempo y me ha vuelto a conectar con el yo adolescente que andaba eternamente enamorado?

 

Quizá tenía razón Rilke y en algún lejano mundo, girando alrededor de una distante estrella, haya alguien que, como yo, goce en su noche de un  momento de soledad como éste y mirando hacia su cielo se pregunte por lo que pasa más allá del alcance de su mirada. Quizá Rilke tuviera razón y aquel ser distante en la distante estrella eleve a nosotros su mirada y entone una plegaria dirigida a un dios que imagina habitando en los lejanos astros. Pero yo no encuentro la necesidad de un dios en este sueño. Es más hermoso creer que este mundo inmenso existe en sí mismo, indiferente a nuestros pensamientos. Un dios omnipotente que lo hubiera creado y que vigilase, paternal o justiciero, lo que aquí sucede sería extranjero a todo lo que siento.

 

Ha pasado frente a mí una estrella fugaz dibujando un efímero arco de luz en un rincón del cielo. Por un instante su magia me ha llevado a creer en los antiguos dioses y a formular un deseo, como si la energía primigenia del fenómeno cósmico me permitiera subyugar la voluntad de los dioses para lograr lo que quiero. Y es que somos tan pequeños que nos aferramos a cualquier idea que nos permita creer que estamos en el centro de todo el universo. Pero aquí, flotando sobre un cascarón hecho por el hombre, rodeado por millones y millones de toneladas de agua salina en las que la vida lucha, se reproduce y muere sin descanso, consciente como soy de la inmensidad del espacio que se cierne sobre mi cabeza, del número casi infinito de estrellas que flotan en él, aunque no las vea, y sabiendo que en todas y cada una de ellas la energía ha interpretado, interpreta  e interpretará su sonata de amor por mucho más tiempo del que soy capaz de imaginarme, no me cuesta esfuerzo alguno ser consciente de mi pequeñez y asumir lo poco que significo entre tanto mucho. Y pese a ello, ¡qué importante soy para mi mismo! ¡qué importantes son los que más quiero!

 

Quizá nos empeñemos en justificar nuestra posición en este mundo sin advertir que lo que realmente importa es estar en él, querer y ser queridos.

 

           

 

   

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Ultima actualización :  domingo, 07 noviembre 2004 11:56:36