CAC02
BORRADOR DE ÍNDICE
16 de noviembre de 2002 -
12:30 GMT
PRIMERA PARTE: Antes de partir
(Pendiente de
incluir)
1.
ERASE UNA VEZ UN
GRUPO DE GENTE MUY OCUPADA
2.
LA IDEA
3.
LA TRIPULACIÓN
4.
PREPARANDO LA
TRAVESÍA
5.
NERVIOS, AGOBIO Y
UNA ANOTICIA TRISTE EN EL ÚLTIMO MOMENTO
SEGUNDA
PARTE: Cuaderno de Bitácora
1.
CARTAS A ALFONSO
(Autor: Luis Briones)
(1)
1 de noviembre de
2002 (03:00 GMT)
(2)
1 de noviembre de
2002 (12:00 GMT)
(3)
3 de noviembre de
2002 (16:00 GMT)
(4)
4 de noviembre de
2002 (guardia)
(5)
7 de noviembre de
2002 (guardia) (Pendiente de incluir)
(6)
9 de noviembre de
2002 (Pendiente de incluir)
(7)
10 de noviembre de
2002 (guardia) (Pendiente de incluir)
(8)
12 de noviembre de
2002 (guardia) (Pendiente de incluir)
(9)
13 de noviembre de
2002 (18:00 GTM) (Pendiente de incluir)
(10)
16 de noviembre de
2002 (18:00 GTM) (Pendiente de incluir)
(11)
17 de noviembre de
2002 (madrugada) (Pendiente de incluir)
(12)
19 de noviembre de
2002 (guardia) (Pendiente de incluir)
(13)
21 de noviembre de
2002 (guardia) (Pendiente de incluir)
(14)
22 de noviembre de
2002 (24:00 GTM) (Pendiente de incluir)
(15)
22 de noviembre de
2002 (16:00 GTM – Sta. Lucía) (Pendiente de incluir)
2.
COROLARIOS ASONANTES
(Pendientes de incluir)
2.1
El Capitán
(Autor: Chevis Angoso)
2.2
El que todo lo
soluciona
(Autor: Miguel Rojo)
2.3
El organizador
(Autor: Mario Kogan)
2.4
El ausente
(Autor: Alfonso Callejo)
PARTE TERCERA: Avisos a los
navegantes
(Pendientes de
incluir)
1.
EL BARCO
(Autor: Chevis Angoso)
2.
AVERÍAS,
REPARACIONES Y APOYOS
(Autor: Miguel Rojo)
3.
NAVEGACIÓN,
METEOROLOGÍA Y COMUNICACIÓN
(Autor: Chevis Angoso)
4.
LA SALUD
(Autores: Mario Kogan y ¿Luis
Briones?)
5.
ALIMENTACIÓN Y
COCINA
(Autores: Mario Kogan y ¿Luis
Briones?)
6.
VIDA A BORDO Y
RELACIONES PERSONALES
(Autores: Mario Kogan y Luis
Briones)
(Autor: Luis Briones)
(Autores: Mario Kogan y ¿Luis
Briones?)
(Autor: Luis Briones con la
colaboración de todos)
(Autor: Luis Briones y encuestas
a las familias)
(Autor: Luis Briones)
16 de noviembre de 2002 -
12:30 GTM
Una ola más alta que las
anteriores se acerca rápidamente al velero por la popa. La superficie del
mar se eleva, tensándose como si un enorme animal se deslizase debajo de
ella acercándose velozmente al velero. Las pequeñas motas de espuma que
forman el timón y los costados del barco al cortar el agua ascienden veloces
por el lomo azul de la ola. En su parte superior la piel del mar se tensa y
su superficie bruñida y brillante comienza a romperse, formando crestas de
espuma que se recortan contra el cielo, amenazando con dejar caer su peso
contra el espejo de popa e inundar la bañera del barco.
Cuando la ola llega a dos o tres
metros de distancia, Miguel, que está recostado sobre el freebag (un
comodísimo almohadón que puede ajustarse para adoptar formas increíbles) en
el costado de babor, la ve elevarse amenazadoramente sobre el horizonte,
ocultando la superficie del Océano, más de un metro por encima de su cabeza.
Pero ni él, ni Luis, que está sentado en el extremo del banco de estribor y
ha dejado por un momento de escribir para contemplar el mar, parecen
preocupados ante la eventualidad de que la ola llegue a romper dentro del
barco.
Al acercarse aún más, la popa de
Le Refren II comienza a elevarse, como si la ola fuera un enorme monstruo
marino que se estuviera escondiendo debajo del barco y, al hacerlo,
levantase el casco con su lomo. Por un momento la popa del velero parece
flotar libremente en el aire. Repentinamente ha cambiado el escenario, el
horizonte ha vuelto a alejarse varias millas. La vista se extiende a una
distancia casi infinita y pueden verse con claridad las líneas ondulantes de
las olas desplazándose a bastante velocidad hacia el Oeste. Aunque muchas de
sus crestas están engalanadas con rompientes de espuma blanca, la escena no
es amenazante sino que, por el contrario, el movimiento ininterrumpido tiene
un ligero efecto hipnótico y relajante del que es difícil desentenderse.
Pero esta situación dura sólo un
instante, en cuanto la ola ha avanzado unos metros debajo del casco, rompe
repentinamente. Por ambos costados el agua forma una barra de espuma que
parece tirar del barco, como si lo atravesase de parte a parte o como si una
mano gigantesca hubiera agarrado la orza haciendo aumentar su velocidad un
par de nudos. Al mismo tiempo el barco parece quedarse sin gobierno y
comienza a orzar ligeramente. Airán, el piloto automático, permite que el
barco orce ligeramente y comienza a corregir la marcha con el timón,
volviendo a colocar el velero a rumbo. La ola, ya sin fuerza, sigue
avanzando por el casco levantando ahora la proa. Desde la bañera parece como
si el barco se hubiera parado o incluso anduviese hacia atrás, deslizándose
pendiente abajo. Es una ilusión óptica. A pesar del cambio de pendiente, el
mar sigue reptando por debajo del casco y en unos momentos, cuando llegue la
próxima ola, repetirá los mismos movimientos, obligando al velero a dar
idénticos pasos de danza.
En ese momento la tripulación
está tranquila y descansando. Unos minutos antes el escenario era
completamente distinto. Acabado y recogido el desayuno, Chevis estaba bajo
cubierta, de pie frente a la mesa de cartas, volcando en la carta náutica la
posición y comprobando el rumbo y la velocidad. Mario y a Miguel estaban
balanceándose junto al palo mayor, revisando los remaches de sujeción de la
botavara que desgraciadamente en este barco tienen tendencia a romperse
porque aquélla tiene cierta holgura en su encaje con el palo. Y, por último,
Luis estaba revisando las líneas de pesca para asegurar que no se hubieran
enredado y fijando la resistencia del carrete de forma que no se
desenrollase el sedal con la marcha del barco pero permitiera la salida de
más línea en el caso de haber cobrado una pieza.
Ahora todo está en calma, Chevis
está reclinado sobre el tambucho en el banco de estribor de la bañera
dibujando una acuarela sobre su cuaderno de notas. Mario ha bajado al salón
y allí está cortando cebollas y zanahorias para la ensalada, con el teléfono
Iridium excepcionalmente abierto durante una hora por si su madre, enferma
en Buenos Aires, decidiera llamar. Miguel escucha música recostado en el
banco de estribor mientras contempla el movimiento de las olas y Luis toma
notas para redactar el cuaderno de bitácora.
Ajeno a ellos, el barco surca el
Océano Atlántico cada minuto más lejos España y más cerca de su destino.
Repentinamente, una ola entra ligeramente atravesada por la aleta de babor,
haciendo orzar al barco bruscamente. Al recuperarse el velero, la génova
pierde el viento aparente y comienza a gualdrapear con violencia, hasta que
el piloto recupera el rumbo y la génova se hincha nuevamente.
Atraído por el golpeteo de la
génova, Mario se acerca al tambucho:
¾¿Pasa
algo?
¾Nada,
¡qué va a pasar! ¾contesta
Miguel.
¾La
ola de las 12:30 ¾dice
Chevis¾,
que nos avisa que se va acercando la hora del aperitivo.
Se cruzan las miradas de los
cuatro con un guiño de complicidad y se echan a reír. Mario levanta la palma
de la mano acercándola hacia Chevis mientras dice:
¾Esto
no puede ser real, ¡es demasiado!
Sin contestarle, Chevis, Miguel y
Luis palmean contra su mano abierta compartiendo el sentimiento de que la
experiencia es demasiado hermosa para ser real. Pero es real. Una realidad
que aparentemente comenzó hace unos días en Lanzarote pero cuyas raíces se
encuentran varios años antes, en medio del invierno madrileño.
PRIMERA PARTE: Antes de partir
1. ERASE UNA VEZ UN GRUPO DE
GENTE MUY OCUPADA
SEGUNDA PARTE: Cuaderno de Bitácora
-
CARTAS A ALFONSO

1 de noviembre de 2002
Hora: 03:00 GMT
Posición estimada:
Viento aparente:
Distancia total navegada (corredera):
Distancia a destino (GPS):
Querido Alfonso:
Son las tres de la madrugada y te escribo durante la primera guardia que
voy a hacer en esta travesía. Probablemente te extrañe que te dirija estas
cartas que están llamadas a no ser nunca echadas al correo. Pero al ponerme
a escribir me he ilusionado con la idea de plasmar en el papel para ti un
relato detallado de todo lo que acaezca en este viaje. Entre mis tareas está
escribir el cuaderno de bitácora. Tenía intención de utilizar las guardias
para tomar notas que luego sirviesen para redactarlo. Al empezar a hacerlo
he llegado a la conclusión de que lo que me apetece realmente es tratar de
describir con palabras el ambiente del viaje, centrándome en mis reacciones
y sentimientos ¾y,
en la medida de lo posible, en los del resto de la tripulación¾
ante los hechos que acaezcan durante el mismo, más que en narrar con detalle
estos mismos hechos. Creo que intentar poner en palabras los sentimientos me
ayudará a definirlos y a gozar con más intensidad lo que me ofrezca el
destino. Al mismo tiempo, quisiera que compartas con nosotros todos nuestros
avatares. Me gustaría que estuvieses ahora durmiendo en tu camarote
esperando a que te toque tu guardia o descansando después de haberla hecho.
No ha podido ser, pero no por ello dejas de estar con nosotros. ¿Qué mejor
destinatario de esta carta que nunca será enviada?
Así que prepárate. A partir de ahora me propongo intentar sacar un rato
todos los días, salvo fuerza mayor, para en unas líneas o en unas páginas
(ya sabes cómo me enrollo) hacerte llegar los pensamientos que se me hayan
ocurrido a lo largo del día. Mi intención es contarte con más detalle que en
el cuaderno de bitácora todo lo que nos pase, qué problemas tenemos y cómo
los hemos solucionado y, sobre todo, cómo nos sentimos y cómo vivimos esta
aventura. De esta forma podrás revivir con nosotros la singladura que
hubieras debido hacer en este velero.
Pese a no haber luna, la noche tiene una extraña luminosidad. La
oscuridad densa de las nubes contrasta con la oscuridad difusa del resto del
cielo. Son como inmensos agujeros negros que hubieran absorbido las
estrellas.
El viento de Noreste de trece nudos nos entra por la aleta desplazándonos
por un mar de basalto líquido a una velocidad de algo más de seis nudos. Al
abrirse paso entre las aguas, el casco de nuestro barco, “LE REFREN II”,
dibuja encajes de espuma blanca que contrastan sobre la superficie ondulada
y cristalinamente oscura del mar.
El viento, el agua al deslizarse sobre el casco, las pequeñas crestas de
espuma rompiendo sobre las olas a nuestro paso, el ocasional flameo de
nuestra génova o los estridentes crujidos de la botavara, que parece
quejarse con un golpe sordo cada vez que el barco cabecea, componen una
música compleja que tiene reminiscencias de cantos de sirena. Su atractivo
es tan grande que he apagado mi aparato de música, dejando a un lado por
esta noche a Albinioni para sumergirme plenamente en la intensidad de esta
primera guardia en alta mar, recién salidos de Lanzarote camino de Santa
Lucia, a más de 2.800 millas de distancia.
A lo lejos, por el costado de estribor, se vislumbran las luces de Las
Palmas de Gran Canaria, más lejos aún, a nuestra popa, se perdieron en la
oscuridad las luces de Puerto Calero y de Arrecife, en Lanzarote, de donde
partimos hace 13 horas.
Atrás quedaron cinco intensos días aparejando el barco, comprobando los
equipos y asegurándonos que todos los miembros de la tripulación sabíamos
manejarlos.
Después de dejarte en el aeropuerto de Lanzarote el domingo día 27 de
noviembre, volvimos al barco decididos a organizar nuestros camarotes y
buscar un sitio donde almacenar el contenido de los 19 grandes bultos que
habíamos enviado por avión a casa de Andrés González Reyes, el amigo de mi
socio Román, antes del viaje, para dejar el interior del velero lo más libre
posible con vistas a estibar la comida y bebida que tenía que llegar el
lunes.
La única ventaja de ser cuatro es que cada uno tiene un camarote, lo que
hace más sencillo guardar nuestra ropa y útiles personales y nos permite
dejar completamente libre el salón. Tampoco hubiera sido un gran problema
ser cinco, ya que en el camarote de proa queda bastante sitio y hubiéramos
podido meter en él la ropa de dos personas.
Como sabes, he tenido bastante mala suerte en el sorteo de camarotes. Me
tocó el pequeño, el de las literas. En realidad estaba predestinado. Si no
fuera porque fui yo el que preparó los cuatro papeles en los que escribí el
nombre de los camarotes: popa babor, popa estribor, proa y literas; los
doblé y los oculté entre mis manos para que cada uno sacase uno de ellos,
quedándome yo con el último, habría pensado que el sorteo estaba trucado. A
Chevis le tocó el camarote
de popa estribor, el más cercano a la mesa de cartas, como corresponde al
capitán del barco. A Miguel le tocó el que más le gustaba, el camarote de
popa babor, que es el mejor junto con el de Chevis, lo que es lógico
teniendo en cuenta que él es el segundo. A Mario le tocó el camarote del
armador, el de proa, y a mí el que había dicho que no quería: las literas.
La pared más larga del camarote está formada por el casco del barco y,
por tanto, tiene una gran curvatura. A ella se adosan las dos literas. La
superior tendrá unos sesenta centímetros de ancho por popa y no llegará a
cuarenta por proa. Tiene la ventaja de recibir aireación por un portillo y
una escotilla y el inconveniente de que es tan sumamente estrecha que en
cuanto se mueve un poco el barco te precipitas sobre la red que cuelga del
techo para evitar que te caigas. Por ello he decidido dormir en la litera
inferior y utilizar la litera superior para estibar en ella cosas de mucho
volumen y poco peso (no vaya a ser que se me caigan encima y me rompan la
cabeza.) Hemos colocado una bolsa con las patatas fritas y otros aperitivos,
las bolsas de servilletas y el papel de cocina.
La litera inferior es algo más ancha por la parte de popa (unos 80
centímetros) y tendrá también unos 40 centímetros por proa. Su longitud
total es de aproximadamente un metro noventa. El ancho del camarote es de un
metro cuarenta por la parte más ancha y unos 60 centímetros por la más
estrecha. Dado que en la parte ancha tiene un armario pequeñito (50x50) y en
la parte estrecha he colocado la bolsa de la pesca con las cosas que no
necesitamos para el día a día, queda en total un espacio cuadrado de
aproximadamente medio metro de lado para estar de pie en el camarote cuando
quiera vestirme, lo que me obligará a ejercer de contorsionista ya que sobre
ese mismo espacio se abaten la puerta del camarote y la del armario.
Para entrar en la litera inferior también hay que tener dotes circenses,
ya que hay que meter la cabeza y los hombros inclinados, en el espacio que
queda entre la litera superior y el armario (unos 20 centímetros). Por lo
demás, la cama es relativamente amplia aunque no sé si será cómoda cuando
haga más calor, ya que carece de aireación.
Antes de esta guardia he estado durmiendo en el camarote y he podido
comprobar que la cama no es incómoda, aunque en cuanto se mueve el barco
acabas durmiendo sobre el costado del buque o agarrándote a la red que
cuelga de la litera superior para no caerte al suelo. Me imagino que me
acostumbraré a un espacio tan pequeño y que, una vez hecho al barco, no
habrá problema alguno.
El lunes, día 29 de octubre, hacía las 10 de la mañana, llegaron las
cosas que habíamos encargado al hipermercado desde Madrid. Como el carrito
no podía entrar hasta el pantalán donde está amarrado el velero el velero,
ya que hay unas escaleras, tuvimos que acercar a mano todas las cajas. La
verdad es que fue un gran esfuerzo. No te puedes imaginar cómo imponen más
de 400 litros de líquidos y trescientos kilos de alimentos colocados en el
pantalán frente al barco. Parecía completamente imposible que pudiéramos
meter todo dentro del velero y dejar espacio para nosotros.
Al revisar lo que nos habían traído comprobamos con consternación que
había habido bastantes malentendidos. En primer lugar, el hipermercado al
que hicimos el encargo vendía a mayoristas por lo que las cantidades mínimas
que entregaban eran enormes. Si habíamos pedido 20 paquetes de mantequilla
de 10 gramos, nos sirvieron la cantidad mínima que entregaban: 100 paquetes,
y lo mismo pasaba con otras muchas cosas. En segundo término, algunos de los
productos que nos suministraron no venían en los envases adecuados. En
nuestra lista siempre intentábamos buscar tamaños de lata o de envase
relativamente pequeños para que pudiéramos ir utilizándolos conforme los
necesitásemos. Sin embargo, en muchos productos, los tamaños que nos
suministraban eran demasiado grandes (por ejemplo, latas de 5 kilos de
judías verdes) lo que no nos iba a ser operativo, ya que una vez abierta una
lata o cualquier otro envase de un producto perecedero tendríamos
dificultades para conservarla si no la consumíamos en su totalidad.
Adicionalmente, vimos que había productos que sobraban, bien porque había
habido algún malentendido y el hipermercado nos había suministrado alguna
cosa no deseada, bien porque la compañía de alquiler había dejado el mismo
producto en el barco (por ejemplo, el azúcar o la sal), o bien porque los
cálculos iniciales que habíamos hecho eran para cinco personas y, aunque en
el último momento ajusté la lista de la compra, el hecho es que las
cantidades seguían estando pensadas en muchas ocasiones para este número de
tripulantes.
Al darnos cuenta de que nos sobrarían varios productos decidimos
revisarlos uno a uno e intentar devolver parte de ellos. Al mismo tiempo,
necesitamos comprar otras cosas que habíamos dejado para adquirir en
Lanzarote. Como queríamos hacer la estiba una vez que tuviésemos toda la
comida, decidimos meter todo lo que nos habían suministrado dentro del barco
sin estibarlo, para evitar que nos pudieran robar algo, y marchar al
hipermercado para devolver lo que nos sobraba y comprar lo que nos faltaba.
Así lo hicimos y no tuvimos problema alguno. Nos admitieron la devolución y
encontramos lo que necesitábamos. Entre una cosa y otra se nos había hecho
media tarde.
Mario y yo nos dedicamos por la tarde a comenzar el proceso de estiba.
Habíamos decidido utilizar la base de datos informática que había preparado
Mario en la que cada espacio del velero estaba identificado, para
permitirnos conocer dónde habíamos puesto cada cosa y cuáles eran nuestras
existencias iniciales. Ya el domingo estuvimos revisando el programa para
asegurarnos que funcionaba correctamente. Lo inauguramos con las medicinas
que almacenamos en los armarios de ambos baños.
Nuestro mayor problema fue la estiba del agua. Entre la que habíamos
comprado y la que ya había en el barco, teníamos que estibar aproximadamente
370 litros, repartidos en 10 envases de cinco litros y 213 de litro y medio.
Detrás de los camarotes de popa el Gib Sea 43 tiene un espacio vacío por
el que salen diversos desagües y las mangueras de aireación del motor. Mario
y yo decidimos utilizar ese hueco para estibar la mayor cantidad posible de
agua, de forma tal que pudiéramos sacar bloques de botellas sin que ello
desequilibrase los restantes. La estiba tenía que hacerse muy
cuidadosamente, ya que si las botellas o cajas que metiéramos en aquellos
huecos se movían podían acabar rompiendo alguno de los tubos de desagüe
generando un problema importante.
Nos pasamos toda la tarde arrastrando cajas con botellas de agua por
encima de las literas de los camarotes de popa, teníamos que hacerlo
tumbados o en cuclillas, ya que el techo de los camarotes no tendría más
allá de 70 centímetros de altura en la parte más a popa. Con más de la mitad
del cuerpo metido dentro del hueco de popa conseguimos meter las 10 botellas
de agua de cinco litros, 122 botellas de litro y medio y una caja de Pepsi.
Lo hicimos de forma tal que las botellas iban en bloques, recubiertas de
plástico amortiguador y atadas entre sí con cinta de embalar, de forma que
pudiéramos sacar bloques de 5 a 10 botellas sin que el resto se
desequilibrase. El esfuerzo fue agotador. Cuando conseguimos acabarlo
estábamos completamente destrozados y cubiertos de sudor.
Mientras tanto, Miguel y
Chevis estuvieron comprando los
bidones para el gasoil y la gasolina y comprobando dónde podríamos conseguir
botellas adicionales de gas para rellenar las que ya teníamos.
El martes conseguimos acabar la estiba y registrar en la base de datos
tanto los alimentos como los equipos. Finalmente conseguimos que toda la
comida y herramientas cupieran en los distintos huecos del barco (incluyendo
sentinas y cofres debajo de los asientos), dejando el salón y los camarotes
completamente libres.
Aunque habíamos pedido a la compañía que nos alquilaba el barco que no
incluyera la embarcación auxiliar (no la necesitábamos para cruzar el
Atlántico), desgraciadamente no la habían quitado y estaba allí ocupando la
práctica totalidad del cofre de estribor en la bañera. Por ello también nos
faltaba sitio para estibar el material que debía ponerse fuera. Acabamos
resolviéndolo utilizando el cofre de anclas para meter cabos, de forma que
logramos meter en los cofres, además de la embarcación auxiliar y los remos,
el tormentín y el gennaker, el generador eléctrico, la botella de aire por
si teníamos que sumergirnos debajo del casco para hacer cualquier
reparación, las aletas y las gafas, el equipo ligero de pesca y la lona para
recoger agua de lluvia.
Aprovechamos el resto del día y el miércoles revisando todos los
equipamientos del barco, montando los equipos de seguridad y asegurando que
todos conocíamos el funcionamiento de los distintos elementos. El único
problema que encontramos en el proceso fue el relativo a la descarga en el
ordenador de la información meteorológica captada por onda corta. No
conseguimos que la conexión fuera lo suficientemente buena como para poder
descargar los partes meteorológicos. Ello supone que la única información
que tendremos en relación con la meteorología será la que recibamos vía
radio o en la comunicación con Rafael del Castillo en la Rueda de
Navegantes.
Al atardecer del martes fuimos
a un almacén de frutas dispuestos a encargar las frutas y verduras que
necesitábamos para el viaje. Cuando llegamos el almacén ya estaba cerrado,
lo cual era un importante contratiempo. Afortunadamente, en la puerta del
almacén estaba el dueño que esperaba a su mujer. Nos indicó que dejáramos el
pedido por teléfono y que ya nos lo servirían el día 31 a primera hora de la
mañana. Como al día siguiente pensábamos salir, no queríamos correr riesgo
alguno. El buen hombre ya había cerrado el almacén e insistía en que no
podía tomarnos el pedido. Ya conoces a Mario, con su probada capacidad de
persuasión consiguió que abriera el almacén, nos atendiera pacientemente
recomendándonos qué frutas y verduras comprar, tomase el pedido completo y
nos asegurase que a primera hora de la mañana lo tendríamos en el barco,
mientras su mujer, que ya había llegado, nos esperaba de pie en la puerta de
la oficina.
Esa última noche en Lanzarote fuimos a cenar en el restaurante Puerto
Bahía en el Puerto del Carmen, donde nos atendió nuevamente Modesto, el
camarero que nos atendió el sábado cuando fuimos a cenar contigo. No pudo
estar más amable. Había hecho unas gestiones con los pescadores del Puerto
del Carmen para que nos dieran hielo en escamas a primera hora de la mañana
del 31, antes de que saliéramos a navegar. Igualmente, se comprometió a
regalarnos una buena cantidad de mojo picón y de mojo verde para que podamos
cocinar las sabrosísimas papas arrugadas típicas de Lanzarote, de las que
hemos comprado 10 kilos. Por cierto, espero que nos salgan estupendas con la
receta que nos ha dado Andrés.
Esta mañana hemos tenido también una enorme actividad. El frutero cumplió
su compromiso y antes de las 8:30 de la mañana teníamos en el muelle ocho
cajones con las frutas y verduras que habíamos pedido.
Chevis y yo nos quedamos estibando
la fruta en el salón intentando ponerla de forma tal que dure lo más posible
y acabando de hacer los últimos arreglos en el barco, mientras Miguel y
Mario fueron al Puerto del Carmen a recoger el hielo y el mojo, y a devolver
el coche que habíamos alquilado. Cuando volvieron preparamos las neveras
para intentar conservar el hielo el mayor tiempo posible, ya que no tenemos
mucha fe en que la nevera del barco pueda proporcionarnos frío suficiente
aunque encendamos el motor todos los días una o dos horas. Arreglamos los
papeles del puerto, rellenamos los tanques y los bidones de gasoil que están
atados en cubierta y, por fin, a eso de las 2:00 de la tarde nos despedimos
del puerto con alegría, y por qué no, con un cierto nerviosismo, ya que será
nuestro último contacto con la tierra firme hasta que lleguemos a Santa
Lucía.
Nada más salir del puerto izamos la mayor y la génova y comenzamos a
costear Lanzarote en dirección al estrecho que la separa con Fuerteventura.
Íbamos pletóricos de alegría: por fin se convertía en realidad nuestro
sueño, después de casi dos años de preparación por fin nos hacemos a la mar.
La navegación a poca distancia de la costa no era muy distinta a la que
hubiéramos podido tener en el Mediterráneo. Sin embargo, las sensaciones
eran totalmente diferentes. Hasta que nos hicimos a la mar nuestra actividad
había sido febril y teníamos un sentido de anticipación de lo que nos
esperaba pero, no obstante, aún nuestras sensaciones eran semejantes a las
que habíamos tenido en días anteriores, seguíamos estando en tierra, con el
ritmo acelerado que había caracterizado las últimas semanas.
Sin embargo, en cuanto izamos la mayor y cogimos el rumbo tuvimos una
sensación de liberación, como una corriente de agua que hubiera estado
oprimida en una cañería estrecha y repentinamente surgiera al exterior
fluyendo libremente, como si nos hubieran cortado las ligaduras que nos
ataban y tuviéramos, por primera vez en muchos días, la posibilidad de mover
nuestras manos y pies.
El que parecía más entusiasmado era Mario. Tenías que haberlo visto de
pie, llevando la rueda del timón, repitiendo cada dos por tres frases de
ánimo y autoafirmación: “lo hemos logrado”, “parece increíble”, “somos un
equipo”, mientras levantaba la palma y la ofrecía por turno a cada uno de
los demás para que chocásemos nuestras manos con la suya y después la
chocásemos entre nosotros. Aunque he de reconocer que yo soy poco dado a
saludos de la NBA, el momento tenía una intensidad tal que justificaba
plenamente la exteriorización de nuestra satisfacción por haber conseguido
finalmente hacernos a la mar, nuestra alegría por estar allí y quizá un
cierto nerviosismo anticipando lo que nos esperaba.
Aunque el mar estaba tranquilo,
Chevis, Mario y yo decidimos
tomarnos una pastilla de escopolamina de las que nos habías conseguido en
Estados Unidos. Mi intención es tomarla cada ocho horas durante dos o tres
días hasta que esté seguro de que no voy a marearme. Miguel es un valiente y
está convencido de que el mareo no va con él, así que ha decidido no tomar
nada por ahora.
Si he de ser sincero, estas primeras horas en el mar han justificado mi
temor a marearme. Todas las veces que he bajado a hacer algo dentro del
barco he acabado sintiéndome un poco mareado. La primera vez fue poco
después de salir de Puerto Calero, una vez pasada la euforia inicial Mario y
yo bajamos a preparar unos espagueti para comer. Aunque había poco que
hacer, ya que estaban pre-cocinados y solamente había que calentarlos con un
poco de agua, el hecho es que estar junto a la cocina, con el calor del
fuego, balanceándome con el movimiento del barco, me revolvió ligeramente el
estómago y, aunque no llegué a marearme realmente, me faltó muy poco. La
misma sensación tuve cuando bajé al salón e intenté tomar unas notas en el
ordenador después de hablar con Elena para dictarle el cuaderno de bitácora
a las 6:00 de la tarde. Tuve que apagarlo poco después de empezar ya que
llegué a la conclusión de que si seguía escribiendo acabaría devolviendo
sobre la borda, a sotavento.
Hasta que viramos al Oeste poco después de sobrepasar Punta Papagayo, al
Sur de Lanzarote, dejando por babor la isla de Lobos y Fuerteventura, el
viento soplaba bonancible, entre 10 y 12 nudos del NE, casi paralelo a la
costa de la isla de Lanzarote. Cuando viramos para entrar en el estrecho que
separa Lanzarote de Fuerteventura, poco después de anochecer, tomamos rumbo
directo al faro de Punta Anaga en la isla de Tenerife (W ¼SW), el viento
cayó drásticamente, probablemente apantallado por la isla de Lanzarote. El
viento aparente fue cayendo hasta acercarse a 2 nudos, con lo que estábamos
prácticamente parados, así que decidimos poner el motor hasta que lográsemos
salir de la sombra de la isla. Fue como si Airán, que según nos dijeron era
el dios de la lluvia y el viento guanche
¾aunque
no hemos podido comprobarlo¾
nos estuviera observando. En cuanto encendimos el motor volvió a soplar una
brisa suave que, poco a poco, fue creciendo en intensidad hasta alcanzar
nuevamente los 10 ó 12 nudos, lo que nos permitió recuperar nuestro rumbo y
velocidad. En total, el tiempo que tuvimos encendido el motor no llegó a un
minuto.
Deslizándonos entre Fuerteventura y Lanzarote se nos hizo la hora de
cenar. Decidimos tomar algo frío, en gran parte porque a nadie le apetecía
bajar a la cocina y perdernos el espectáculo nocturno. Mientras cenábamos
reorganizamos los turnos de guardia que habías preparado para cinco
tripulantes. Decidimos hacer guardias de dos horas y media, manteniéndose en
cubierta, aunque fuera durmiendo, el que salía de guardia para poder ayudar
en las maniobras si hubiera que hacer alguna. A mí me tocó la guardia de las
2:00 de la madrugada, que acabará dentro de un rato, a las 4:30, hora en la
que despertaré a Miguel y yo me quedaré durmiendo en cubierta de retén.
Vuelvo a escribir después de unos minutos de descanso. He apagado la luz
para disfrutar perdiéndome en la oscuridad de la noche. He aprovechado estos
minutos para preguntarme por las semejanzas y diferencias entre las
sensaciones que tengo en estos momentos y las que he sentido en otras
travesías nocturnas cuando, por ejemplo, cruzaba desde Menorca a Barcelona o
a Denia, o al revés.
El escenario es muy parecido: el barco ligeramente escorado por el viento
que nos entra por la aleta de estribor y agitándose al recibir el impulso de
las olas, que no están completamente unificadas como consecuencia de la
cercanía de las islas. El mar, profundamente negro, se agita incesantemente
pese a estar relativamente tranquilo, las olas llevan sobre sus lomos
intrincados diseños en los que se refleja la luz difusa de las estrellas. A
lo lejos, por proa, el faro de Punta Anaga te ata con su luz a la realidad
de los objetos. Un escenario no muy distinto al que podrías encontrar
costeando Menorca y viendo a lo lejos la luz del faro de Punta Favorita.
Al mirar hacia el cielo parece como si hubiera más estrellas que en el
Mediterráneo. Reconozco a viejas amigas, Casiopea y el Carro de la Osa
Mayor, señalándome la Polar, o a Orión, pero la posición no es la misma y
hay constelaciones que no reconozco.
Sin duda, la diferencia está en mi interior, no me siento igual que
cuando hago una travesía de un par de días por el Mediterráneo. Mi espíritu
está más inquieto, tengo una sensación de anticipación indefinida que me
hace oscilar entre la euforia y el nerviosismo.
Ha sido un largo año de preparación, anticipando este momento. Tengo la
sensación de que nos hemos tomado el proyecto de la travesía atlántica como
un proyecto empresarial, hemos aplicado a su preparación las mismas técnicas
que aplicaríamos a nuestra vida profesional. Hemos intentado desmenuzar las
necesidades que podríamos tener durante el viaje, clasificarlas con el
máximo detalle y distribuirlas entre nosotros. Cada uno ha estudiado
exhaustivamente los temas que le han tocado y ha buscado soluciones para
cuanto hipotético problema podía sucedernos, con un grado de obsesión típico
de un proyecto tan ambicioso como éste.
Preparar el viaje ha sido divertido, pero yo creo que la preparación tan
detallada nos ha dejado un poco exhaustos. El último mes, intentando dejar
las cosas organizadas en nuestras oficinas y a la vez intentando completar
los mil y un detalles pendientes, ha sido extenuante. No creo que alguno de
nosotros llegase a dormir cinco horas ninguno de los días de la semana
anterior a volar a Lanzarote.
Para colmo, los cinco días que hemos estado en Lanzarote han sido una
carrera de relevos que ha supuesto un esfuerzo físico y psíquico enorme, al
que se une la sensación de que nos hubiera venido bien contar con un par de
días más para probar bien el barco y todos los equipos.
Tengo la sensación de que durante estos meses he estado acumulando
tensión, intentando combinar todas mis actividades con la máxima eficacia:
dejar los asuntos de mi trabajo en el mejor estado posible, organizados y
con una persona a cargo de cada proyecto, no olvidar a mi familia y procurar
hacerlos partícipes de mi entusiasmo por esta travesía, y asegurarme que en
las áreas que me estaban encomendadas (pesca, medicina y comida,
fundamentalmente) las tareas estaban ejecutadas y podíamos evitar
encontrarnos con una sorpresa. Esta tensión es cualitativamente semejante a
la que soporto en mi vida cotidiana, aunque quizá haya tenido mayor
intensidad al haberse acumulado tareas pero, en el fondo, tengo la sensación
de que he enfocado la preparación del CAC02 como si hubiera sido un encargo
profesional más.
Es ahora, al encontrarme solo en medio de la noche, mirando a las
estrellas y sabiendo que durante los próximos veinte días no existe más
proyecto que vivir intensamente este viaje, cuando siento que realmente hay
algo que ha cambiado, algo que no cambia tan intensamente cuando estoy
navegando desde Denia hasta Menorca o de Menorca a Barcelona. En estos
viajes cortos el trayecto es un paréntesis entre dos realidades semejantes.
En este momento, sin embargo, siento que el trayecto que me espera es una
vida en sí mismo, que dejo atrás una realidad y voy a vivir otra muy
distinta. A este sentimiento se une la descarga nerviosa que produce haber
completado la tarea. Noto como cosquillean mis terminaciones nerviosas. Es
un cosquilleo semejante al que sientes en los músculos después de haber
hecho una carrera rápida. Por un lado se resienten del esfuerzo realizado,
por otro intentan recuperarse en la tranquilidad que sucede al esfuerzo. Es
como si hubiera saltado el corcho de la botella de champagne liberando la
tensión acumulada y dejando que mi mente, mis músculos, mis ideas y
sentimientos se esparzan libremente en la noche que me acompaña.
Junto a esta difusa sensación de tranquilidad tras la batalla, junto a la
expectación por el cambio que imagino, advierto una corriente profunda de
intranquilidad, no estoy seguro si es temor, ansiedad por lo que pase en el
viaje o es un temor, ansiedad, anticipación por los cambios que pueden
producirse en mí como consecuencia del viaje. Es aún pronto para saberlo.
Quizá sea simplemente que aún no he dejado a un lado la aceleración de los
últimos días y que por mi sangre fluye aún demasiada adrenalina.
Atraída por estos pensamientos, apareció la luna a nuestra popa. Está
comenzando el cuarto creciente y la luna tiene forma de sonrisa, con el
labio inferior apoyado aún sobre las aguas. Su alegría, o la que me genera
en mí, disiparon las pocas sombras que pudieran existir en esta noche de
difuntos (ahora que lo pienso, quizá hemos decidido salir este día como una
metáfora sobre el pasado).
La luna tiene forma de bajel, con
su casco flotando sobre las aguas, parece un barco que quisiera seguir
nuestro rumbo y acompañarnos en el viaje. Dibuja sobre el mar una estela
blanca dirigida directamente a nuestra popa, como si con su luz quisiera
marcar el camino que ya hemos recorrido ¿Será tal vez una despedida? Al
verla tan blanca sobre la noche, desdibujando estrellas, sonriéndome e
iluminando el camino recorrido, no puedo dejar de recordar la sonrisa de
Jana al despedirme en el aeropuerto de Barajas: forzada alegría dejada en
entredicho por la tristeza de la mirada.
A proa, casi enfrentada a la
sonrisa de la luna, la luz del faro nos hace guiños, dibujando sobre la mar
un camino amarillento, difuso o mucho menos intenso que el de la luna, pero
que tiene el encanto del camino aún no recorrido, el que vamos a recorrer.
Ha amainado el viento, es como si
mi barco se diera cuenta de la belleza del momento y quisiera alargarlo.
Se acerca el final de mi guardia y a mí también me gustaría alargar este
momento. Pero no tengo derecho a guardarme para mí solo la belleza de la
noche. En unos instantes despertaré a
Chevis, que duerme sobre el banco
de babor en la bañera e hizo la guardia anterior, para que baje a su
camarote y despierte a Miguel, al que le toca la siguiente guardia. Cuando
suba Miguel no sé si me echaré a dormir en el lugar que abandonará Chevis o
me dejaré acunar por el viento suave que nos acompaña bajo la luz de las
estrellas y de la luna en esta primera noche, esperando que la claridad del
amanecer desdibuje las tinieblas.

1 de noviembre de 2002
Hora: 21:00 GMT
Posición estimada: 028º 27,5’ N-016º 14,8’ W
Viento aparente: NE 12,5 nudos
Distancia total navegada (corredera): 160 millas
Tiempo total navegado: 24 h
Distancia a destino (GPS):
Querido Alfonso:
¡Qué fácilmente se desbaratan
los mejores planes! Anoche te escribía con el convencimiento de que la
próxima tierra que pisaríamos estaría bañada por las aguas del Mar Caribe y
ahora te escribo atracado en un puerto mientras miro como se balancean,
agitados por el viento, decenas de palos desnudos.
Quizá estábamos predestinados a hacer esta escala. Después de haber
recibido tantas bromas parangonándonos a Cristóbal Colón en su búsqueda de
las Indias, puede que el destino haya querido jugar con nosotros para hacer
más marcada la semejanza. Así como Colón tuvo que parar durante casi un mes
en las Islas Canarias, creo que fue en la isla de Gomera, hasta que en el
puerto de Gran Canaria (o quizá en el puerto de Tenerife) reparasen el timón
de la Pinta que había comenzado a fallar durante la travesía desde la
península, nosotros nos hemos visto obligados a parar en Tenerife para
reparar nuestro velero, aunque espero que volver a partir no nos cueste
tanto tiempo como le costó a Colón.
Ha amanecido durante la guardia de Miguel, mientras yo dormía en
cubierta. El aire era muy húmedo y teníamos sensación de frío, pese a ir
fuertemente abrigados, ya que la temperatura había bajado por debajo de los
10º C. Ha sido un amanecer especialmente bonito, la salida del sol ha estado
velada por una neblina gris y la transición entre las sombras y el día ha
sido paulatina, tiñendo de tonos grises el océano y la cúpula celeste hasta
que el sol, elevado ya unos grados sobre el horizonte, ha expulsado
definitivamente las sombras, pintando de azul las aguas del mar y los
parches de cielo que se dejaban ver entre las nubes.
Aunque teníamos firme intención de desayunar huevos fritos con bacón en
nuestro primer amanecer en movimiento, el hecho de que no estuviéramos todos
en cubierta nos ha hecho cambiar de planes. En mi caso, que no creo único,
también ha influido el hecho de que no me veía bajando a la cocina para
intentar hacer unos huevos fritos con el barco moviéndose como una peonza,
zarandeado por dos trenes de olas, uno que entraba por la aleta de babor y
otro que entraba casi de través por estribor. El hecho es que nos hemos
limitado a calentar agua y leche para tomar café, salvo Mario que ha hecho
patria tomando mate, y hemos empezado a dar cuenta de las ingentes
cantidades de magdalenas que nos hemos traído para amenizar las guardias y
los desayunos.
Lancé una línea con bastante poca fe, ya que estábamos muy cerca de la
costa y aún teníamos mucha comida fresca, pero no pude evitar la tentación
de intentar pescar. Poco después decidí echarme un rato en mi camarote.
Mientras dormía, Miguel y
Chevis investigaron el ruido que
hacía la botavara. Desde que salimos de Lanzarote, junto a los crujidos
normales se podían escuchar algunos golpes sordos que ponían de manifiesto
que algo no funcionaba bien. Miguel y Chevis localizaron inmediatamente el
origen de los golpes, la pletina metálica que sujeta la contra a la botavara
está rajada a la altura del remache posterior, de forma que está
completamente suelta por uno de los lados. Cada vez que con el movimiento
del velero la mayor pierde viento aparente, la botavara cae con violencia
sobre la contra provocando el ruido. No se trataba de una avería muy grave,
aunque si no la arreglamos la pieza de sujeción acabará por romperse, lo que
dejaría la contra inservible. Dado que esperábamos tener vientos portantes
no poder utilizar la contra no sería un grave problema. No obstante, sería
deseable arreglar la pieza para evitar que acabe de desgarrarse por completo
la sujeción a la botavara y eliminar el riesgo de perder la contra.
Cuando me desperté, Miguel,
Chevis y Mario llevaban un buen
rato pensando cómo reparar la avería.
La solución más razonable es hacer otro agujero en la parte de la pieza
que se mantiene intacta y poner otro remache fijándola a la botavara. Sin
embargo, esta solución no es posible ya que nos hemos olvidado de traer una
remachadora. Miguel está compungido por el olvido. En su relación inicial de
útiles a traer en la caja de herramientas había incluido la remachadora,
pero con las prisas del último momento no la ha cogido. En teoría podemos
sustituir el remache por un tornillo de metal pero los que tenemos no son
adecuados y la solución no es muy buena.
Adicionalmente, aunque podamos resolver el problema de la contra con lo
que tenemos, subsiste el hecho de que no tenemos una remachadora. En un
viaje como éste pueden fallar cientos de cosas ya que la tensión que tiene
que soportar el aparejo durante 24 horas al día como consecuencia del viento
y del oleaje es tan fuerte que lo más lógico es esperar que se rompa más de
una pieza. Está claro que en cualquier momento podremos necesitar unir
piezas con remaches y que no tener una remachadora es un gran inconveniente.
Por ello, a media mañana,
Chevis nos planteó que, en su opinión, no nos quedaba más remedio que
dirigirnos a tierra a comprar una remachadora e intentar arreglar la pieza,
no tanto por la pieza en sí misma sino por el hecho de completar nuestras
herramientas con una buena provisión de remaches y la herramienta
correspondiente, para así poder hacer frente a cualquier otro problema que
pudiera surgir en el futuro. Como es lógico, todos hemos estado de acuerdo.
Cuando tomamos la decisión, ya habíamos pasado la altura de Las Palmas de
Gran Canaria y dirigirnos a ella hubiera supuesto dar un rodeo innecesario.
Nos encontrábamos frente a la isla de Tenerife por lo que pusimos rumbo a la
marina Atlántico, en la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, donde esperábamos
encontrar algún taller en el que pudiéramos reparar la pieza o, en último
extremo, una tienda en la que pudiéramos comprar la remachadora.
Tomar la decisión de volver a tierra ha supuesto una cierta desilusión.
Nos sentíamos como si el sol no hubiera despejado por completo la niebla
matutina y el viento la hubiera hecho caer sobre la bañera del barco, donde
se había hecho más densa, permaneciendo como una losa gris y fría sobre
nuestro estado de ánimo.
El más afectado era Miguel, aunque trataba de disimularlo. Era evidente
que se consideraba responsable por no haber traído una remachadora. Los
demás sabíamos que era una auto-recriminación absurda y que en una travesía
como la que teníamos previsto hacer parar unas horas en Tenerife no
significaba absolutamente nada. Fueron
Chevis y Mario los encargados de
elevar el ánimo de Miguel y de disipar las nubes que se habían adueñado del
barco. Entre las bromas de Chevis sobre la juerga que nos íbamos a correr en
Tenerife y la reafirmación por parte de Mario, seguida por todos nosotros,
de nuestra caracterización como un equipo, se aclaró rápidamente el humor y
se recuperó el ánimo.
También el viento se había recuperado y la llegada a la isla de Tenerife
la hicimos a buena velocidad, recibiendo el viento, primero de través y
después a un descuartelar, lo que hace la navegación más entretenida que
cuando el viento sopla por la popa, aunque sólo sea porque la sensación de
velocidad es mayor.
El Teide y las altas montañas de Tenerife estaban ocultos por las nubes
cuando nos acercamos a la isla. No obstante, la impresión que causa la isla
vista desde el mar es impactante. La costa es abrupta y las montañas parecen
desplomarse desde las nubes hacia el mar como una cascada de piedra con
tonos castaños y cobrizos recubierta de una piel de lujuriosa vegetación
verde. En cierto modo, el hecho de que las cumbres estuvieran ocultas por
las nubes añadía un halo de misterio a esa catarata de piedra que no estaba
fuera de lugar.
La de Santa Cruz de Tenerife ciudad parece haberse construido sobre la
hoya que han formado las montañas que la rodean, cuyas pendientes laderas se
sumergen debajo de las construcciones blancas. Pero éstas no se resignan a
ocupar el valle abierto hacia el mar y reptan por las empinadas cortadas
formando ángulos imposibles. Desde el mar pueden observarse algunos barrios
que serpenteaban siguiendo el cauce seco de las torrenteras montaña arriba
como si quisieran alcanzar otro paraíso oculto por las nubes. ¡Buen motor
tendrán que tener los coches que suban a esos barrios para superar unas
pendientes que desde el mar se adivinan empinadísimas!
Santa Cruz es una ciudad que da la espalda a la montaña y mira al mar.
Con sus colonias puntiagudas de casas blancas ascendiendo por las
torrenteras parece una estrella de mar albina dispuesta a dejarse bañar por
las olas o a lanzarse al fondo de las aguas en cualquier momento. Se entra a
la marina Atlántico a través de una dársena industrial, protegida del mar
por un enorme espolón, cuyas dimensiones ponen de manifiesto la fuerza que
deben tener las olas cuando la tormenta golpee esta costa. Al fondo de la
dársena, un espolón perpendicular al muelle principal cierra el paso,
dejando una pequeña bocana a estribor de los barcos que entran. Contactamos
con la Marina por radio y afortunadamente no tuvimos ningún problema en
encontrar un amarre. La El puerto es muy amplio, con mucho espacio libre
entre los pantalanes, lo que facilita las maniobras. Sin embargo, nuestra
entrada fue algo accidentada.
El amarre que nos adjudicaron abría hacia el Norte y estaba casi al final
de la Marina, que estaba orientada en el eje Sur-Norte. El viento entraba
también por el Norte, racheado, con mucha intensidad. Llevaba el timón
Miguel cuando nos dirigimos al punto de amarre muy lentamente. Cuando ya
estábamos llegando, arreció repentinamente el viento lanzando el barco
contra el pantalán, con riesgo de golpear en el barco, de casco de acero,
amarrado a estribor de nuestro punto de amarre. Afortunadamente, todos
reaccionamos rápidamente evitando cualquier problema. Miguel redujo la
velocidad poniendo la marcha atrás,
Chevis y yo nos bajamos al
pantalán con unos cabos y, sobre todo, Mario volvió a dar muestras de su
excepcional fortaleza física, sacando el cuerpo prácticamente por la proa
del velero para agarrarse al barco vecino y evitar con la fuerza de sus
brazos que nuestro casco pudiera chocar. Fueron unos segundos que casi
parecieron minutos, pero poco después el barco estaba firmemente amarrado al
pantalán y nosotros empezamos a recoger las cosas para salir a Santa Cruz en
busca de lo que necesitábamos, aunque no teníamos mucha esperanza puesto que
era el día 1 de noviembre, fiesta de Todos los Santos, y lo más normal es
que todo estuviera cerrado.
La marina Atlántico es decepcionante. Como te he dicho anteriormente es
muy amplia y tienen mucho espacio entre los pantalanes. Al mismo tiempo está
bien protegida del mar y aunque el viento puede entrar con bastante fuerza
(como acabábamos de comprobar) el refugio que ofrece es razonablemente
bueno. Sin embargo, las instalaciones son ínfimas. Veníamos de Puerto Calero
en el que está cuidado hasta el más mínimo detalle y pensado para hacer la
estancia cómoda y agradable a los que recalen en el. No solamente las
instalaciones comunes (por ejemplo, los baños) son excelentes sino que
también cuanta con una zona comercial amplia en la que se puede encontrar
prácticamente todo lo que se necesite para un barco. La marina Atlántico es
la antítesis de Puerto Calero, con un acabado prácticamente industrial y
carente de mantenimiento adecuado, no cuenta prácticamente con ninguna
instalación. Todos los servicios se encuentran en dos contenedores
habilitados para ser baños sobre los cuales se ha instalado una casamata de
aspecto ruinoso en la que se encuentran las oficinas de la marina, si es que
cabe considerar como tal a un cubículo de unos tres metros de largo por dos
de ancho en el que se amontonan papeles, archivadores y repuestos, sin
aparente orden ni concierto. Los baños y las duchas tienen ese aspecto
desolado y lúgubre de los baños de las gasolineras antiguas y generan una
sensación de provisionalidad como los baños móviles que se instalan en
algunas ferias, puestos allí más que para ser usados, para cumplir el
requisito legal. Unas oscuras y desvencijadas puertas de contrachapado, la
mayor parte de las cuales carece de cerradura, dan entrada a unos sanitarios
de porcelana cuarteada por el tiempo que muestran incrustadas medallas de
diversos colores. Las duchas no son más atractivas, aunque afortunadamente
tienen agua caliente.
En cuanto recogimos el barco y nos duchamos, salimos dispuestos a buscar
algún sitio donde comer y comprobar si existía algún taller náutico en el
que pudiéramos repara la botavara o alguna tienda donde pudiéramos comprar
una remachadora. Nuestras sospechas se confirmaron: en aquel día estaba
prácticamente todo cerrado. Eran aproximadamente las 2:00 de la tarde cuando
llegamos y serían las 4:00 cuando salimos a dar nuestro paseo. La ciudad
estaba entonces dormitando, como era de esperar en un día de fiesta. Las
calles luminosas rodeadas de tiendas cuyos escaparates apagados mostraban a
los escasos viandantes los productos que no podrían comprar en ese día. No
obstante, algunos bazares estaban abiertos y hubiéramos podido comprar
calculadoras, puros, cigarrillos, máquinas fotográficas y, en general todos
los productos típicos de las zonas en las que los impuestos sobre el consumo
son más bajos, como ha sido tradicional en las Canarias. Desgraciadamente,
en ninguna de aquellas tiendas encontramos una remachadora. Visto que sería
imposible resolver nuestro problema en ese día, decidimos buscar un sitio
donde comer y tomárnoslo con calma, gozando de la ciudad.
Antes de comer nos hemos asegurado de conocer exactamente el sitio donde
se encuentra la mejor ferretería de Santa Cruz, donde mañana por la mañana
iremos a comprar la remachadora. Después hemos buscado un sitio donde comer,
lo que no ha resultado fácil ya que se nos había hecho muy tarde y todos los
restaurantes estaban cerrados. Con el avance de la tarde la ciudad se ha ido
animando y se han empezado a llenar las calles principales y el paseo
marítimo de familias gozando de la tarde de fiesta y, sorprendentemente
teniendo en cuenta las fechas, de personas con aspecto de turistas. Al
parecer, un rally de coches tiene prevista su llegada a la ciudad esta
noche, muy cerca de donde tenemos amarrado el barco, lo que aumenta la
animación de esta zona.
Al caer la tarde hemos vuelto al barco y hemos aprovechado para poner un
poco de orden, ducharnos y gravar en un CD-rom las fotos de la salida de
Puerto Calero para enviártelas a Madrid para que las puedas ver, se las
pases a nuestras familias y las pongas en la web.
Van a dar las 9:00 de la noche y dentro de un rato saldremos a conocer la
vida nocturna de Tenerife. Seguro que llegamos a triunfar, como dice
Chevis, y que pasaremos una noche
agradable, aunque todos preferiríamos estar en alta mar escuchando el rumor
de las olas, en vez de la música lejana que nos llega de las carpas montadas
en la meta del rally. Pero no importa, esta parada es sólo un paréntesis que
cerraremos mañana cuando volvamos a izar las velas para que el viento nos
impulse lejos de la tierra firme.
3 de
noviembre de 2002

Hora: 16:00 GMT
Posición estimada: 026º 03’ N-018º 19’ W
Viento aparente: ENE 13 nudos
Distancia total navegada (corredera): 363 millas
Tiempo total navegado: 49 h 25 m
Distancia a destino (GPS):
Querido Alfonso: