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Luis Briones | |
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Decidí nacer en la casa que ocupaban mis padres en Madrid (España) una soleada mañana de noviembre del año 1954. Tengo la absoluta convicción de que en una reencarnación anterior había sido aventurero, quizá pirata malayo. El cansancio acumulado después de años de asaltar barcos y escaparme por los pelos del último peligro, justificarían mi deseo de nacer en la cama de mi madre, en casa, dispuesto a sorprender a mis hermanos mayores tan pronto como volvieran del colegio.
Crecí cuando en España soplaban leves corrientes de libertad que intentaban sacudir los pesados ropajes de la dictadura franquista. El plan de estabilización y la ligera apertura del régimen en la década de los sesenta me llevaron a través de la adolescencia cargado de ilusiones.
Mi infancia se nutrió de novelas y poesías, y creo recordar que entre mis sueños destacaba el de ser escritor. Pero el sueño no sobrevivió a la experiencia de enfrentarse a la dura realidad. A los catorce años escribí una horrorosa obra de teatro que, lleno de ilusión, presenté a un concurso literario. Mi decepción por no ganarlo fue mucho menor que la sensación de vergüenza que me invadió cuando supe que lo habían declarado desierto. El golpe me llevó a abandonar el teatro pero continué con la poesía. Años más tarde volví a intentarlo: reuní mis mejores poemas y los presenté al premio Adonais. Esta vez tuve más suerte, no lo declararon desierto, aunque lógicamente no lo gané yo. Cuando años más tarde releí la obra de teatro, los poemas y algunos cuentos que guardaba de aquella época comprendí que los jurados habían tenido razón.
Tendría quince años (aún sonaban en Madrid los ecos del mayo del 68 entre la gente más joven, mientras sobre España se extendía la sombra negra del estado de excepción) cuando de la mano de mi buen amigo Mario me adentré en el mundo del estructuralismo y el psicoanálisis, de ahí derivamos a la hipnosis, hasta que arribamos dos años después al estudio de lo paranormal. De aquellas tempestades quedaron como recuerdo: mi participación como socio fundador en la Sociedad Española de Parapsicología, en cuya Junta Rectora permanecí muchos años y en la que dirigí algunas comisiones experimentales; muchos números de la revista Psi Comunicación de la que fui secretario de redacción; más de un centenar de conferencias; unos cuantos artículos publicados en revistas especializadas, y tres libros: un tratado de parapsicología y dos sobre percepción extrasensorial que aún recuerdo con agrado. Aunque dejé de participar activamente en estos temas a principios de la década de los ochenta, el halo romántico de la búsqueda del conocimiento que nos elude bajo la formas aparentemente compactas de lo cotidiano, sigue aún siendo un silencioso referente de todos mis sueños.
Acabé mis estudios de Derecho en julio del 76 e inmediatamente comencé a preparar las oposiciones para ser Inspector Financiero y Tributario, que aprobé en enero de 1978. Ese mismo año acabé la carrera de Dirección de Empresas y comencé con quien sería mi esposa, Jana, la de Psicología, que acabé cuatro años más tarde.
En 1979 cometí el mayor acierto de mi vida casándome con Jana, que durante todos estos años ha tenido la paciencia de aguantarme y me ha apoyado en todas mis locuras. Hemos tenido dos hijas: Alba y Blanca, cuya sola presencia justifica mi presencia en este mundo.
Desde 1978 mi vida profesional ha estado centrada en el Derecho fiscal. Primero como Inspector de Finanzas, después en la Universidad de Harvard, donde obtuve un Master of Laws y el diploma del International Tax Program, y a partir de 1987, como abogado en ejercicio.
Después de quince años de ejercicio profesional, el Despacho que había creado junto a otros socios y amigos, Briones, Alonso y Martín, se fusionó con el firma internacional Baker & McKenzie, creando en España el bufete Baker & McKenzie, Briones, Alonso y Martín, del que soy socio desde el 1 de julio de 2002.
Mi reencuentro con el mar se lo debo a Chevis, su primera invitación en el año 1999 a que alquilásemos un barco e hiciéramos la travesía a Ibiza juntos, fue una experiencia mística. En algún olvidado rincón de mi ADN se revolvieron los ancestros marineros o quizá fuera un recuerdo de mi pasado malayo. Desde entonces vivir el mar se ha convertido en una obsesión. Obtuve los títulos de patrón de embarcaciones de recreo y patrón de yate, y algún día sacaré tiempo para el título de capitán. Mientras tanto (y también entonces) estoy encantado de estar a las órdenes de Chevis y Miguel, dispuesto a recorrer cuantos mares y océanos se pongan a nuestro alcance, a fondear en las calas más recónditas y, sobre todo, a gozar la estimulante experiencia de la amistad.
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Ultima actualización : martes, 06 septiembre 2005 22:47:48