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Día 21 (20-11-2002)
Anoche se
desataron las iras de los dioses de la lluvia pese a que hemos llamado a
Airán a nuestro piloto automático en honor al dios de la lluvia guanche que,
según nos han dicho tiene ese nombre. Pero a popa, sólo a unas millas de distancia, una nube inmensa, negra y amenazante, como un castillo encaramado en lo alto de una montaña de basalto, se acercaba impulsada por los alisios. La luna luchaba con las sombras para ganar la noche, flotando por encima de la nube. Un par de minutos más tarde, la oscura masa de la nube se abalanzó como impulsada por la ira y ocultó la luna de nuestra vista. La noche perdió luminosidad, la nube se hizo aún más oscura, su parte más cercana a la superficie del mar absorbió la poca luz que quedaba, creando un agujero más oscuro que la oscuridad. Conforme se acercaba la nube el viento parecía paralizarse a nuestro alrededor. Repentinamente las velas flameaban faltas de aire, y Chevis y Luis empezaron a respirar más rápidamente como si también les faltase el aire. Esta sensación duró solo unos instantes. Entonces el viento comenzó a soplar con gran intensidad, silbando al pasar entre los obenques, estabilizando las velas y obligándonos a mantener la manos aferradas a la rueda del timón. Primero débilmente y luego con furia comenzó a caer una lluvia cálida, de gotas grandes que golpeaban con fuerza sobre la superficie del mar. En cuanto empezó a llover aumentó la intensidad del viento, superando los 30 nudos. No había mucho que hacer: solo controlar el barco y esperar a que acabase al tormenta. La lluvia formaba arroyos y cascadas sobre la piel desnuda limpiándola de la sal acumulada. Ya habría tiempo durante el día de recuperar el sueño. El resto de la noche y la mañana han transcurrido con viento intenso pero racheado, cielo nublado y lluvia casi constante. Parecería que estemos en Galicia si no fuera porque la lluvia es caliente. Nos hemos levantado tarde, recuperándonos de una noche movida, y hemos hecho un buen desayuno pese a que mientras lo hacíamos superábamos nuestro record de velocidad, navegando a 13,7 nudos con un viento de 35 nudos. Y hemos aprendido a hornear el pan, lavar los platos o tomar café, sin ningún problema aunque el barco se balancee como un poseso. Esta tarde hemos trasluchado primero y luego hemos quitado el tangón, navegando a un largo por babor, porque habíamos descendido demasiado hacia el sur y necesitábamos recuperar el rumbo directo a Santa Lucía. Durante el día hemos gozado de la nueva situación atmosférica. Estábamos los 4 en cubierta vestidos sólo con bañador dejando que la lluvia fina, suave y caliente limpie nuestra piel. En el fondo, este cambio del tiempo es un regalo más que nos depara el destino en esta travesía. Aunque puede que veamos Santa Lucía mañana día 21, no creemos que nos dejen desembarcar porque llegaremos cuando ya estén cerradas las aduanas. Eso nos deja dos días de cuaderno de bitácora para despedir este viaje. Tened la certeza de que merecerán la pena. |
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