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Día 9 (8-11-2002)

Después de dictar el resumen del día para el cuaderno de bitácora y escuchar el resumen de los mensajes recibidos en la web, nos quedamos bromeando, con un humor excelente y ligeramente impresionados por la respuesta de nuestros amigos, mucho más cálida y entusiasta de lo que habíamos imaginado.

Nuestras bromas se vieron interrumpidas por el sonido que hacía la caña de pescar mientras la línea se desenrollaba a gran velocidad. ¡Habíamos pescado otra vez!, y ahora era un bicho grande. Cada uno se lanzó a lo suyo: Mario se fue hacia el centro de la popa y se dispuso a ayudar para recuperar la línea, poniéndose los guantes, Chevis cogió el gancho y la cámara de video y Luis se hizo con la caña. Al cabo de unos minutos habíamos cobrado un dorado de casi un metro de longitud y que, una vez limpio, debió pesar algo más de 2 kilos. Los dorados tienen una larga aleta azul que recorre todo su lomo desde la cabeza a la cola y su costado tiene irisaciones amarillas. Son animales hermosísimos.


Mientras pescamos el dorado pasamos el límite de las 2.000 millas hasta el puerto de destino. Ya habíamos recorrido casi la tercera parte del viaje.

Celebramos ambos hechos con una cena que prepararon Mario y Chevis, a base de los dos dorados al horno con un lecho de cebollas y zanahorias, acompañado con espárragos y mayonesa y un buen vino blanco frío, un lujo a estas alturas del viaje. De postre, unas peras y un par de Partagaz nº 4 que nos hicieron recordar a quien nos lo había regalado.

La noche fue muy agradable. El viento era cálido y no se necesitaba mucha ropa. Navegábamos sólo con la génova, a una velocidad de aproximadamente 4 nudos.

Por la mañana pusimos el gennaker y ganamos unos 2 nudos en velocidad. Trasluchamos para aprovechar que el viento había rolado al ENE y pusimos rumbo directo a Sta. Lucia, recibiendo el viento por la aleta de estribor.
Hoy hemos hecho nuestras primeras 1.000 millas. Estamos a menos de 1.900 millas de nuestro destino y a más de 700 (casi 1.300 Km) de la Isla de Hierro o de Mauritania. Llevamos varios días sin avistar ningún barco. A nuestro alrededor sólo el mar, el cielo, las nubes y, por la noche, las estrellas y la luna, lentamente creciente. Vernos aislados, en la mitad del Océano, sobre un pequeño barco, nos genera una sensación de satisfacción por haber logrado lo que queríamos, y alegría por estar pasándolo incluso mejor de lo que soñábamos, por poder ser capaces de controlar nuestro destino en medio de la fuerza impresionante de la Naturaleza, por otro lado, incertidumbre, incluso temor, al darnos cuenta de lo pequeños que somos.

Poco antes de dictar este mensaje, el viento ha vuelto a darnos muestra de nuestra pequeñez, la driza del gennaker se rompió pero afortunadamente hemos conseguido recogerlo y mañana podremos navegar sin ninguna dificultad.

Hoy las anotaciones del cuaderno de bitácora son un poco más largas pero es que mañana y pasado no podremos comunicarnos, así pues no habrá noticias hasta el lunes.

   

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