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Día 11 (10-11-2002)

La noche del sábado tuvo un final muy distinto de lo esperado. Mientras Mario hablaba con su familia y recibía sus felicitaciones, se empezó a desenrollar la línea de babor. Miguel y Luis recogieron la línea y subieron a bordo un dorado de casi kilo y medio de peso. Milagrosamente, no había sufrido mucho daño, el anzuelo estaba clavado en las partes blandas de su maxilar inferior. Cuando lo subimos a bordo, golpeaba con la cola en la cubierta con un deje de desesperación. Sus ojos nos miraban con un mensaje indescriptible que captó Chevis. Propuso que devolviéramos al mar al pez. En primer lugar, Miguel y Luis estuvieron de acuerdo y después Mario se unió a la propuesta. Levantamos el portillo de popa y el pez se deslizó hacia el mar con total abandono. Sin embargo, nada más salir del barco y llegar al agua, su lomo se contorsionó dramáticamente y con un solo golpear de su cola se sumergió en el agua perdiéndose de nuestra vista.

Es difícil saber si fue nuestra decisión o el decidir dedicar el domingo a descansar pero en este día decidimos no pescar.

Los alisios, al menos nuestros alisios, son una fuerza de la Naturaleza. Nos impulsan con una intensidad casi constante. Tenemos la sensación de estar sujetos por un cable submarino a un enorme motor que, independientemente del velamen que llevemos desplegado, nos lleva, como una atracción de feria hacia nuestro destino. A veces se encrestan las olas y aumenta la velocidad, a veces estamos en calma y parece que no avanzamos, pero cuando miramos nuestros aparatos siempre mantenemos una velocidad cercana a 5 nudos, y avanzamos con un ligero vaivén hacía nuestro destino.

Hoy ha sido un día tranquilo. Hemos vuelto a redescubrir el valor de la conversación. Dejándonos llevar por los vientos y las olas, hemos dedicado casi todo el día a hablar de nosotros, de nuestras gentes, de nuestro pasado y futuro y de nuestra vida. No hubiera sido posible en Madrid.

A media tarde roló el viento y comenzó a despejarse el horizonte. Cambiamos de rumbo, dirigiéndonos más hacia el Norte que nuestro destino, pero ya tendremos oportunidad de rectificarlo por la noche.


Al atardecer nos encontramos con nuestras gaviotas. Hay dos o tres gaviotas que nos acompañan. Creíamos que nos abandonarían cuando estuviéramos a más de 500 millas de tierra, pero siguen con nosotros. Al amanecer y al anochecer parecen salir de la nada y nacer para que las veamos dar vueltas alrededor del barco. Vuelan con completa indiferencia ante nuestra presencia. Nos las atrae un trozo de pan, pescado o chocolate. Están con nosotros como si no existiéramos. Nos sorprende con sus alas finas y estilizadas, sus cuerpos fusiformes y pequeños ¡son tan frágiles para estar aquí, en medio de la nada! Y, sin embargo, aquí están, acompañándonos, con su vuelo indiferente a nuestros sentimientos. Enfatizando con su presencia el majestuoso mensaje de la Naturaleza: que es, que está, con toda su fuerza, aunque nosotros no estuviéramos para verlo.

   

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