Dia 22/23

 

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Día 22 (21-11-2002)

Ayer por la tarde incorporamos a un 5º tripulante que ha hecho las guardias con nosotros. El cielo seguía totalmente cubierto por un techo de nubes blanquigrises y caía intermitentemente una lluvia ligera que poco a poco había ido humedeciendo nuestra ropa y se colaba lentamente a través de los poros de nuestra piel.

No nos ponemos de acuerdo sobre la dirección por la que vino, lo más probable es que viniera desde el oeste, pero después de un día sin sol no hubiera sido extraño que hubiera perdido los puntos de referencia y estuviera desorientado. El hecho es que a eso de las 20:00 GMT, cuando se acercaba el ocaso, un pequeño pájaro de alas oscuras y pecho amarillo empezó a volar alrededor de nuestro barco. Como los marineros de Colón pensamos que se trataba de una señal inequívoca de que no estábamos muy lejos de tierra. Pero el hecho es que lo estábamos, más de 100 millas es una buena distancia para un pajarillo que abultaba lo que un gorrión en primavera.

Volaba agitando nerviosamente sus alas afiladas, como las de una golondrina. Y repentinamente se dejaba caer planeando a nuestro costado o giraba muy cerca de nuestra popa.

Sería tal vez lo extraño de la situación o el efecto acumulado de la falta de sol y la humedad, pero estuvimos de acuerdo en que parecía agotado y todos apreciamos en su vuelo una sensación de urgencia, como si estuviese pidiendo ayuda.

Nos quedamos embobados viendo sus evoluciones sin querer movernos bruscamente para no asustarlo. Cada vez más cerca, cada vez más lento. Por fin intentó cruzarse en la cruceta superior del palo. El viento, entraba por la amura con fuerza y al pasar entre las velas formaba una corriente que el pajarillo no pudo controlar. Una vez y otra, y hasta una tercera vez sin éxito, sus patitas se acercaban al perfil metálico mientras aleteaba con movimientos rápidos como los de un colibrí y, sin llegar a posarse se elevaba de nuevo, lo intentó más tarde en proa y en el costado de estribor pero no lograba encontrar el lugar adecuado. Por fin se dirigió hacia la bañera donde estábamos nosotros y se posó lentamente en uno de los guardamancebos de estribor, justo al lado de la rueda del timón a menos de medio metro de Mario. Se agarró con fuerza al cable de acero, nos miró con sus ojos redondos y brillantes y se convirtió en el quinto miembro de nuestra tripulación. Lo hemos llamado Alfonso, porque así se llama nuestro quinto tripulante que debía estar con nosotros y desgraciadamente no ha podido venir. Ahora, bien entrada la noche, cuando escribimos estas líneas lo vemos compensando con su cuerpo las oscilaciones del barco, con los ojos abiertos y brillantes, como si estuviera vigilando en su turno de guardia. Parece dispuesto a quedarse, no se ha inmutado ni cuando estábamos cenando ni cuando encendimos el motor para cargar la batería ni cuando, hace unos momentos, hemos recogido la génova y ajustado la retenida a unos centímetros de distancia del guardamancebo desde el que nos vigila.

Al amanecer ha emprendido el vuelo, probablemente llegará a tierra antes que nosotros.

Durante la noche el viento se calmó con lo que perdimos velocidad, llegando a navegar a menos de 3 nudos. Por ello, después de desayunar hemos cambiado el rumbo y hemos vuelto a colocarnos a orejas de burro con el viento en popa. A lo largo del día ha mejorado el tiempo volviendo a aparecer el sol aunque el viento sigue siendo escaso. Mientras comíamos nos hemos cruzado con un mercante belga que navegaba en rumbo directo de colisión con nosotros. Como no parecía dispuesto a modificar su rumbo, como sería su obligación por ir a motor, hemos arriado el tangón y virado a estribor par evitar la colisión.

Esta travesía está llegando a su fin. Hemos tenido muchas horas para pensar e intercambiar pensamientos, ha habido momentos para la confidencia, para la reflexión, para la euforia y, en general para casi todo. Hemos sido capaces de gozar intensamente de cada instante y llevamos el alma bien cargada de recuerdos que, sin duda, iluminarán nuestro futuro.

Algunos creíamos que un periodo de reflexión tan largo, alejados de nuestra vida cotidiana, nos podría llevar a tomar decisiones drásticas. Sin embargo, la rueda del timón nos ha enseñado que de poco valen los movimientos bruscos. Cada vez que intentas corregir una desviación significativa con un movimiento brusco de timón produces un efecto indeseado que no te conduce a donde querías ir y que hace la navegación menos placentera. Pero, si por el contrario, te acostumbras a percibir los pequeños cambios del entorno en el que navegas, los sutiles mensajes que te envía el barco, y eres capaz de adaptar su curso con delicadeza, cuando aún la desviación es mínima, gozarás plenamente del viaje, hermanando con el mar, el viento, y el oleaje.

Quizá debiéramos hacer lo mismo en nuestra vida, pero es muy fácil dejarse llevar por las metáforas.
Mañana, cuando nuestros pies vuelvan a tocar tierra después de tantos días embarcados, quizá revisemos nuestras metáforas. Pero, en cualquier caso, estamos seguros de que nos ayudaran a iniciar la segunda parte de una travesía que nació como un sueño de amistad y ha convertido la amistad en el mejor de los sueños.

   

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